Por: Julio César Londoño

El mico que escribía como Shakespeare

YA NO RECUERDO DÓNDE LEÍ POR primera vez la sacrílega “conjetura del mico escritor”. Debió ser en un ensayo de Valéry sobre una tesis de Shaw sobre una paradoja de Chesterton, o en alguna combinación semejante de artífices de monstruos.

La herejía reza así: cualquier mico que teclee con aplicación su máquina de escribir durante un tiempo infinito, terminará por escribir un día, punto por punto, la obra de Shakespeare. Escribirá sus dramas, comedias y sonetos, combinará como él los registros latinos y los sajones del inglés isabelino, y estampará sin parpadear: Las improvisaciones son mejores cuando se las prepara. Los viejos desconfían de la juventud porque han sido jóvenes. La lógica es una perra que se acuesta con todos.

Aunque nos cueste aceptarla, la conjetura es exacta y fácilmente demostrable. Supongamos que el animal no es muy aplicado y en los primeros cincuenta años sólo escribe un libro de aes, otro de oes, otro con las palabras funqi trankxat y un cuarto con una combinación aleatoria de aes, oes, funqis y trankxats. Está muy lejos de Shakespeare, dirá usted, pero recuerde que todavía tiene todo el tiempo del mundo, porque infinito menos cincuenta es igual a infinito. En los 30 siglos siguientes escribirá un volumen de sólo aes que tendrá una Q en la página 798, y un volumen de zetas y trankxats que terminará con la palabra amor. Es inevitable.

Al cabo de ocho milenios años de labor repetirá la undécima edición de la Enciclopedia Británica, incluido cierto error de digitación que se deslizó en el volumen III. En siete millones de noches y un segundo copiará toda la literatura francesa, incluido el verso L’hydre-universe retordant son corps écaillé d’astres (el universo-hidra retorciendo su cuerpo esca-mado de astros), y sus catálogos y el catálogo de los catálogos, y agotará todas las combinaciones posibles de los 27 caracteres latinos. En suma, nuestro mico tiene que escribir todos los libros que se han escrito y los que se escribirán, sin contar los infinitos volúmenes de simiesca inspiración. Ese es su destino, esa su condena. No tiene alternativa.

En alguna página sus manos peludas escribirán: Mari-posa, tú y yo somos pequeños/ mentira son mis sueños y tus galas/ tú que puedes volar no tienes sueños/ y yo que puedo soñar no tengo alas. Y en otra: Que el fragor de la batalla haga retumbar de espanto la bóveda celeste. Y en otra: Que la muerte te acoja con tus sueños intactos.

Hasta aquí la demostración por el método directo. También puede llegarse al mismo resultado por una reducción al absurdo: si el mico no escribe nunca la obra de Shakespeare, entonces hay que concluir que está patinando, que se quedó reescribiendo eternamente ciertos libros; haciendo, por ejemplo, infinitos ejemplares del libro de cúes con una A en la página 147, algo imposible puesto que el animal teclea siempre al azar. Por lo tanto, la premisa inicial, “el mico no escribe nunca la obra de Sakespeare”, es falsa.

Si a pesar de todo usted sigue pensando que la criatura no escribirá ni siquiera un mal soneto, entonces no ha entendido el concepto de infinito.

La conjetura del mico no le resta una sílaba a la gloria de Shakespeare. Por el contrario, significa que a un simio (y ¿quién no es un simio comparado con el gran Will?) le tomaría un período infinito acuñar una obra como la suya. Ahora, para repetir obras más felices y complejas, como la de Borges o la de François Jacob, es evidente que necesitaríamos un scriptorium de infinitos micos tecleando en sus máquinas durante una jornada transfinita.

 

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