Por: Andrés Hoyos

El miedo

EL MIEDO HOY EN COLOMBIA ES UNA inercia paralizante tan potente, que si no se hace nada al respecto, bien podría convertir las buenas intenciones del gobierno de Santos en otro parto de los montes, el enésimo. Suponemos por las declaraciones del presidente y de sus ministros que están conscientes del reto. Ojalá.

La gente tiene razones de sobra para sentir miedo. La guerrilla, las mafias, los paramilitares, la amorfa Mano Negra y muchas veces los propios agentes del Estado han sembrado zozobra en buena parte del país durante décadas, matando, secuestrando, extorsionado, intimidando y desplazando a medio mundo. Póngase usted en el pellejo de una persona cuyos familiares fueron asesinados, que tuvo que abandonar o malbaratar su tierra y que cuando intentó recuperarla o denunciar a los usurpadores le hicieron saber que su vida no valía cinco centavos. ¿Por qué tendría esta persona que creer en los cuentos mediáticos que le dicen que con la Ley de Víctimas o con las promesas de devolver la tierra todo ha cambiado? No, no todo ha cambiado: los usurpadores, los testaferros o su sombra siguen ahí.

El balance de los dos gobiernos de Uribe en esta materia, como en tantas otras, es malo. Me dirán que al menos un miedo, el miedo a la guerrilla, disminuyó de manera dramática entre 2002 y 2010, y es cierto, pero los otros miedos no disminuyeron o lo hicieron en una medida muy modesta. Por el camino, la persistencia de estos miedos los convirtió en endémicos, y así sus agentes causantes hayan perdido algún protagonismo, con el que les queda es más que suficiente para lograr el efecto que buscan.

Los medios de las capitales intermedias han tenido un papel particularmente débil a la hora de denunciar las calamidades locales. Muy en particular El Colombiano y El Heraldo se abstuvieron de ver lo que pasaba frente a sus narices; sus denuncias tan sólo destaparon una pequeña fracción de los escándalos en sus zonas de influencia. La gran tarea de denuncia ha dependido de El Espectador, de Semana, de la extinta Cambio y con menor frecuencia de El Tiempo, así como de las cadenas nacionales de radio y televisión, estas últimas muy intermitentes y no siempre profundas. No quiero desmerecer aquí de la valentía de muchos periodistas —pienso, por ejemplo, en los riñones de concreto armado que tiene Salud Hernández, con quien a veces no estoy de acuerdo—, ubicados en la muy diversa geografía de los medios, sino decir que como un todo las denuncias han sido claramente insuficientes para generar un movimiento colectivo contra el miedo. Por ahí derecho, activar el coraje se ha convertido literalmente en un asunto de vida o muerte.

Tiene que quedar claro, además, que el Gobierno no puede tirar la piedra legal y esconder la mano. La carga de la prueba, por así llamarla, o sea la obligación de aplacar el miedo, recae en el Estado. Su obligación no es sólo legislar y hacer saludos a la bandera, sino que tiene que acompañar a la gente en su regreso, proteger a los líderes y demostrar en los hechos que tiene cómo sobrepujar a los violentos. Por lo que llevamos visto, el gobierno de Santos está todavía muy lejos de demostrar la fuerza necesaria.

Un aspecto muy importante del problema es que a Bogotá muchas veces no llegan sino los ecos lejanos del gran miedo, lo que da una falsa sensación de normalidad. ¿Están dadas las condiciones para superar el clima de miedo? No lo sé. Sería interesante saber qué piensan los lectores.

[email protected] @andrewholes

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