Por: Alfredo Molano Bravo

El miedo anda suelto

LAS REGIONES DEL SINÚ Y EL SAN Jorge son tierras fértiles y quizá las de más alta valorización del país.

Sin duda, una comarca ubérrima: bien regada, atravesada por vías y asegurada por la fuerza pública, por compañías privadas de seguridad y por los paramilitares. La hectárea puede costar entre $200 millones y $300 millones. Sin embargo, se ve en los potreros muy poco ganado. Dudo que haya más de una res por hectárea. Pese a los pastos mejorados y la existencia de razas altamente productivas, se diría que se trata de una ganadería extensiva. Una verdadera alcancía del capital. O, para decirlo de otra manera, la renta proviene en primer lugar de la valorización del suelo y, muy en segundo lugar, de la producción pecuaria y forestal.

La agricultura desapareció. O es muy escasa. En Montelíbano, 30 km al sur de Montería, está la más grande explotación de ferroníquel de América Latina, con una producción de 50.000 toneladas al año, 15.000 de níquel y 35.000 de hierro. La compañía Billington, su propietaria, paga regalías sólo sobre el níquel extraído, pero no sobre el hierro. Construye hoy una termocentral de energía propia que generará la electricidad necesaria para la explotación, igual a la que consume Barranquilla. Unos 15 km al suroccidente está Puerto Libertador, un pueblo en el que todo el mundo parece de paso. La zona comercial —un par de cuadras— está protegida del sol por telas de polisombra que crean un ambiente de bazar persa. Hay hoteles para los ingenieros, bares para los cocaleros y un parque en remodelación para entusiasmar a los electores antes de la próxima elección de alcalde.

Cerca a Puerto Libertador, en Bijao, la compañía Argos explota la mina de carbón a tajo abierto con un potencial calculado en 48 millones de toneladas. Alrededor ha ido comprando fincas a pequeños y a grandes propietarios, donde se cultivan hoy maderas; se trata de un territorio rico en carbón. En la región hay haciendas ganaderas y pequeños cultivos de arroz secano y maíz. Hay caseríos al borde de la carretera —Carepa, Gilgal, Playa Rica, entre otros—. Me sorprendieron la soledad y el silencio que rondan los pueblitos, los caminos y la poca gente que se ve. Observé un par de viejos sentados en un banco del parque de El Brillante. No hablaban entre sí, parecían yuxtapuestos. Tampoco se miraban. Me acerqué y les pregunté si la gente estaba a esa hora —10 A.M.— trabajando en la parcela. Uno me respondió: “De pronto” y se calló. “¿En qué trabajan por aquí?” —volví a preguntar—. “En todo” —me respondió—. Yo sentía que, a pesar de la sequedad, el hombre quería decirme algo.

Ensayé de nuevo: “¿Qué está pasando por aquí?”. Me miró un instante y desvió la mirada: “Anoche se oyeron botas”. Transmitía un miedo salido de la nada, un miedo que le circulaba por la sangre. Hablaba con medias palabras, no las terminaba, las embozalaba, las adelgazaba para terminar la frase en puntos suspensivos. Es sabido que la margen derecha del alto San Jorge está dominada por las Águilas Negras, apoyadas por los Urabeños, y la izquierda por los Paisas, apoyados por los Rastrojos. Se añade que los primeros tienen acuerdos con el Ejército y los segundos con las Farc. Pasamos el río por un planchón entre Playa Rica y Puerto Ánchica. El de planchonero en ese sitio es un trabajo poco apetecido. En los últimos meses han ultimado a dos, acusados de colaboración con los “enemigos”. Al otro lado el ambiente era aún más denso.

La escuela había devuelto a los niños a las 8 a.m. porque “las botas que se habían oído eran las de los Paisas”. Unos decían que eran 200 hombres que traían correteados; otros, que no eran tantos y que venían a sacar a las Águilas. Alguna persona, entreabriendo una puerta, susurró: “Las vienen apretando las Farc. Se rompió el negocio”. La carretera estaba desierta, el terror andaba suelto. En Tierradentro hay una base de la Policía. Los agentes no salen del cuartel. El pavor es un bien común. Nadie habla con nadie, nadie mira a nadie. Los vecinos, los hermanos, los hijos se vuelven extraños y peligrosos. El año pasado hubo 87 asesinatos; este año, 50. Todos con nombre propio. Los pueblos y las veredas están siendo desocupados a la fuerza. A la fuerza del terror a ser asesinado en cualquier lugar, en cualquier momento y por razones siempre secretas. Es una estrategia bien estudiada, todo el mundo debe ignorar la causa del crimen, debe suponerlo para sentirse señalado, buscado y encontrado. Los crímenes se pagan con la tierra de la víctima, que se limpia con testaferros, notarios y registradores. Con esos documentos, la buena fe queda acuñada entre firmas y sellos. Hoy, dos días después de mi paso por la región, supe que ya hubo tres muertos más…

 

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