Por: Juan David Correa Ulloa

El miedo

Hace unas semanas apareció, en el más reciente número de la revista El Malpensante, un extenso texto escrito por Alexandra Samper sobre la penosa experiencia de Guillermo La Chiva Cortés cuando fue víctima de un secuestro, a manos de las Farc, durante meses, en el año 2000.

Tal vez lo más conmovedor de dicho relato es entender cómo nos hemos olvidado de que somos seres humanos y de que el padecimiento que puede atravesar un solo hombre vale por miles. Recordé textos como los de Primo Levi y Jorge Semprún, cuando decían que había experiencias que, así fueran atravesadas por el lenguaje, no eran posibles de narrar y de decir en toda su complejidad. Y es lo que uno siente cuando lee el muy bien escrito y editado testimonio: se nos cuenta, desde el primer día, la cronología del espanto desde que Cortés es secuestrado en Choachí, en una finca a la que le había dedicado buena parte de su vida, hasta su liberación. Lo que importa allí son los pormenores. La respiración entrecortada de un hombre viejo que debe atravesar las cordilleras sabiendo que puede morir en cualquier momento, la vileza de la experiencia de muchos de quienes encuentra en su camino moribundos, enfermos, famélicos. La inclemencia de un clima de páramos para la cual no estaba preparado. Y claro, la torpeza militar —sí, militar— de los aparatos de la guerra: las presuntas jerarquías, la imposibilidad de la ternura con el otro, la idea de no reconocer a quien está en una situación de debilidad y el menoscabo de la humanidad. Sin embargo, uno sabe que no se puede decir todo: ni los días, las noches, los atardeceres, el correr del tiempo lento, la desesperanza, la posibilidad de un final.

Dice el editorial de la revista que es un buen momento para leer el testimonio de La Chiva Cortés cuando estamos en medio de un proceso de paz. Yo estoy de acuerdo, pero no sólo bajo la justificación de conocer los métodos de una guerrilla anquilosada en principios estalinistas, sino quizá por algo mucho más profundo. El testimonio que Guillermo Cortés le entregó a Alexandra Samper debió ser archivado hace años por cuenta del recelo de un hombre cercado por las sombras de un recuerdo horroroso. La vida de Cortés nunca volvió a ser la misma. No pudo continuar siendo “un hombre común y corriente”. En el testimonio, que ocupa la totalidad de la revista y que es una buena prueba de olfato editorial, se deja traslucir toda la impotencia de Guillermo, como si todo lo que hubiera ocurrido antes de su secuestro hubiera sido puesto en cuestión y sólo le quedara la certeza de haber conocido el miedo. Y eso lo acechó hasta su muerte el pasado 26 de abril.

 

 

* Revista El Malpensante, edición 143.ojoalahoj@yahoo.com /

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