Por: Lorenzo Acosta Valencia

El miedo

No es sólo el hecho de que Claudia López, investigadora de la parapolítica y sus transformaciones, haya tenido que abandonar el país el 30 de septiembre por haber sido incluida en alguna lista macabra.

El vicefiscal general Jorge Fernando Perdomo aseveró que las investigaciones no habían dejado a nadie desamparado, aunque las pesquisas avanzaran entre dificultades que el funcionario no entró a especificar (RCN Radio, octubre 2). La Unidad de Protección del Ministerio del Interior ya había advertido, desde el 14 de mayo, que la misma amenaza pesaba sobre los analistas León Valencia y Ariel Ávila, exiliados por un breve lapso sin que los sicarios dejaran de acecharlos. También debió expatriarse por un tiempo el periodista Gonzalo Guillén, hace seis años, para ser objeto de las recientes intimidaciones a su retorno.

No es sólo el hecho de que cuatro ciudadanos reclamen garantías básicas para vivir, opinar y fiscalizar el poder político, las instituciones estatales y las redes oscuras que se fraguan en la proximidad de las elecciones. La cuestión tampoco se agota en el peligro proveniente de alguna mafia que se conforme con mimetizarse, acallando a periodistas, críticos e investigadores. La intención de estas fuerzas criminales consiste en consagrarse como un “aquello” que todo lo rebosa sin que haya quién lo describa; un “aquello” indefinible, etéreo, materia de ciencias ocultas, a cuya merced se halle todo cuerpo social y político mediante parálisis, posesión o exterminio.

“Aquello” pretende desarticular la ciudadanía misma, infundiendo en sus víctimas una progresión de desórdenes psicológicos desde la angustia para mermar sus voluntades. Escoge a sus enemigos con arbitrariedad y se manifiesta para alterar sus entornos y crear un miedo que no se sabe a qué responde con certeza. Entonces “aquello” se las arregla para prolongar la posibilidad de su aparición en cualquier lugar y el lenguaje se paraliza allá donde el temor ante lo irracional se hace virtualmente pérdida de todo dominio de sí mismo por la inminencia de la abrupta suspensión del existir.

El atormentado escritor francés Guy de Maupassant, indagador del miedo “como una descomposición del alma, un calambre horroroso del pensamiento y del corazón” (La Peur, 1882), nombró ese “aquello” como el “horla”. Tal vez la traducción correcta sea el “afuera” del ser humano, ente que está más allá de la comprensión mientras celebra sus rituales de amenaza y dominio. Un día, el horla ingresó a la habitación de su víctima quien, ya devastada, le había dejado la puerta abierta. Al intuir lo indecible, el hombre decidió enfrentarlo: descubrió, con horror, que una sombra se interponía entre él y el espejo, haciendo de su imagen una ausencia, un vacío.

Que en Colombia no siga sucediendo lo narrado en esa página de Maupassant. El “aquello” es de este mundo y su vileza lo hace banal. Que el miedo no nos impida encararlo antes de que nos despoje de la capacidad de discernir nuestros rostros como nación y, así, acometa su conquista.

 

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