Por: Beatriz Vanegas Athías

El miedo

Un cuerpo mutilado, un cuerpo supurante, un cuerpo deforme, una trasformación corporal extrema induce al horror y ese es el estado que el Estado colombiano ha ofrecido durante décadas a los campesinos y habitantes de la ciudad. No se ha garantizado en 200 años de República el derecho a la educación, pero sí se ha establecido como obligación portar un arma para armar ejércitos de colombianos que se maten entre sí. No es tradición preparar y despedir al hijo o a la hija para que salga de su vereda, de su municipio o corregimiento a capacitarse en un colegio o universidad. Pero sí ha sido trazado como destino “pagar el servicio militar”.

Por esto y por más es el miedo un estado casi orgánico del ser colombiano amenazado por aquellos que han traspasado los límites naturales o sociales. Por ejemplo, el gobierno de Álvaro Uribe IV en el accionar peligroso de un personaje desorientado y maniatado como el presidente Iván Duque Márquez.

El miedo en Colombia también se aproxima a una semántica de la incertidumbre, ese no saber qué va a pasar porque el discurso de quienes tienen el poder de proporcionar bienestar es falaz. Así ocurren la angustia y el horror de lo incierto terrorífico. Tienen miedo millones de jóvenes profesionales que no presienten un trabajo o el respaldo económico para estructurar un proyecto de vida sereno y a largo plazo. Tienen miedo millones de campesinos e indígenas porque ya no es la presencia que brota de la oscuridad o la encarnación de un cuerpo mutilado y amorfo, sino la realización del horror representado en la masacre como un ritual mortuorio, proveniente de quienes naturalmente deberían resguardarlos. Tienen miedo los maestros atestadas las aulas de niños y jóvenes hambrientos e inmersos en un remolino de miseria que los acecha ante la amenaza de un gobierno cuya experticia radica en la pauperización de la vida de quienes intentan al menos, resguardar a las nuevas generaciones.

Sabemos que los lugares apartados y en penumbras provocan la sensación de guardar secretos y esos misterios provocan los imaginarios más aberrantes, macabros y espeluznantes. Así se crearon todo tipo de leyendas que mitificaron a muchos seres. Pero aquí, en el país de la masacre y de las fosas comunes, los imaginarios aberrantes no están detrás de bambalina porque están de frente: actuando a la luz de reflectores para crear esa sensación llamada horror que poco a poco con el acto mismo de barbarie (uno, dos, tres, cuatro, 20, 50, 100, 150, 186 líderes sociales asesinados) se convierte en horror.

Es el miedo convertido en horror la política de este gobierno de Iván Duque. El horror como personificación del miedo en actos como estos: retorno de los infames casos de falsos positivos; chuzadas a magistrados y políticos opositores; rearme y dominio de grupos paramilitares en algunas regiones asesinando a 13 líderes sociales en 12 días de este 2020.

Coletilla. "Procuro dormir con la luz encendida/y me hago como puedo a lanzas, corazas, ilusiones. /Pero basta quizás solo una mancha en el mantel/ para que de nuevo se adueñe de mí el espanto./ Nada me calma ni sosiega:/ni esta palabra inútil, ni esta pasión de amor,/ni el espejo donde veo ya mi rostro muerto./ Oídme bien, lo digo a gritos: tengo miedo". María Mercedes Carranza.

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