Por: María Elvira Bonilla

El miedo, crónica de un cáncer

EN UN IMPRESIONANTE RELATO ÍNtimo, María Cristina Restrepo desarrolla, en medio de su dolor y quizás sin saberlo, como ocurre con los buenos escritores, una interesante tesis.

Introduce el factor miedo, como una aterradora variable a la hora de asumir desafíos humanos tan complicados como el de tener que afrontar un cáncer. El miedo, como resultado de un comportamiento inducido a veces por los propios médicos, en cuyas manos está poder curar la enfermedad.

María Cristina Restrepo cuenta en detalle el recorrido desde el momento en el que, en un examen de rutina, la aburridora mamografía anual o semestral, recibe el primer indicio de que algo puede no andar bien. La circunstancia, ya de hecho complicada, no va acompañada por una actitud positiva o alentadora asociada al hecho de haber identificado el problema oportunamente con las ventajas que esto tiene, sino con el consabido “no me gusta” de los médicos. No me gusta esa mancha, puede ser cáncer. Desde ese momento el miedo se instaura en la mente del paciente, de María Cristina, en su cuerpo, así todavía no haya un diagnóstico definitivo.

“La bata blanca le cuelga en amplios pliegues sobre el cuerpo de líneas alargadas. Lo miro con hostilidad. Siento la desconfianza que me despiertan los de su profesión. Los que ya no recetan por teléfono ni van a visitar a los pacientes a la casa, los que necesitan un sinfín de exámenes para diagnosticar un resfriado. Los que ostentan esa autoridad que tanto me incomoda (…) Es un carcinoma. La palabra muerte pasa a ser la representación de algo real, no de una eventualidad. Tengo cáncer”, narra María Cristina.

El viacrucis empieza. Enfermeras herméticas y más exámenes. La presencia del médico ha dejado de ser tranquilizadora, grata, cálida, como antaño cuando había tiempo y una medicina más personalizada, para transformarse en una suerte de verdugos que confunden la frialdad con la crueldad cuando emiten sus vaticinios fatalistas y sus pronósticos reservados. El miedo ronda en los corredores de los hospitales, en las salas de espera, en los sobres tamaño oficio que encierran resultados.

A uno lo matan antes de tiempo, me decía mi amiga Clarita Gómez, cuando explicaba por qué prefería mantener en reserva su enfermedad, el cáncer que se la llevó prematuramente, y rehusó abrir la compuerta para las especulaciones y volver su tragedia personal un tema de conversación social. María Cristina escogió otro camino. Prefirió exorcizar su angustia en este libro que publicó bellamente una pequeña editorial: Luna Libros. Prefirió compartir la incertidumbre que siempre la acompañará y la certeza de haber aprendido a “vivir sin saber qué va a pasar, tratando de no anticipar el futuro. Pero tengo el presente, al que abrazo agradecida. No debería haber esperado a tener cáncer para comprender algo tan elemental”, concluye en este testimonio crudo que no tiene esguinces de rabia ni rencor, pero que deja en claro que a veces, más grave que la enfermedad misma, es el miedo que la rodea. Un miedo, ese sí, imbatible.

Adendum. Respecto de la información publicada en la columna “La puerta giratoria”, debo precisa

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