Por: Santiago Montenegro

El miedo a la libertad

Aunque, hasta ahora, la crisis económica y la agitación social y política que están estremeciendo a buena parte del mundo no han llegado a Colombia, es útil recordar que, además de sus tremendas consecuencias directas, las crisis económicas, usualmente, se sobreponen a otras tensiones ya existentes e inherentes al desarrollo económico y a la modernidad.

Se menciona, por ejemplo, que las deudas de los estudiantes universitarios y la pésima distribución del ingreso son la fuente principal del descontento que existe en la actualidad en Chile. Eso puede ser válido, pero es igualmente válido que, en las últimas décadas, la pobreza ha caído dramáticamente, la cobertura y la calidad de la seguridad social se han expandido enormemente, la infraestructura física es ya del primer mundo y el desempleo es el más bajo en 20 años. Pero, además, si consideramos un horizonte de tiempo más amplio, el avance de ese y de muchos otros países de América Latina y de otros continentes ha sido dramático. Para dar sólo un ejemplo: hace un siglo la esperanza de vida al nacer estaba en unos 38 años, hacia 1950 había subido a unos 50 años y hoy está cerca de 75 años. La gente hoy en día come mejor, está mejor vestida, es más educada, viaja más, tiene sexo a más temprana edad, disfruta de bienes materiales que eran impensables para los bisabuelos, muchos de los cuales caminaban descalzos o en alpargatas. Pero, la modernidad no viene nada gratis. Con el crecimiento económico, los jóvenes migran del campo a las ciudades o al exterior, las familias se reducen y las comunidades se contraen o se desaparecen. Al tiempo que las gentes logran mucha autonomía y disfrutan muchas libertades positivas que les permiten hacer diversos planes de vida, la vida se individualiza y la solidaridad se esfuma. Muchos son capaces de brillar en un mundo que se torna individualista y muy competitivo y en donde el dinero, la fama y el éxito toman el lugar de los antiguos dioses. Pero, para otros, quizá para la mayoría, la libertad y la autonomía individual, al tiempo que crecen con el progreso material, crean ansiedad, mucha soledad y miedo a tomar decisiones que pueden ser erróneas. Es un miedo a cargar la pesada cruz de la responsabilidad individual. Karl Popper llamó a este fenómeno el estrés de la civilización y Fromm lo definió como el miedo a la libertad. Otros lo relacionan con la muerte de Dios, con el nihilismo o con una vida sin sentido y sin significado. Es un miedo que puede predisponer o inducir a muchos a transferir la responsabilidad de tomar decisiones a alguien o a algo más fuerte y que genere más confianza que nosotros mismos y, si es posible, que comparta nuestros propios deseos e intimidades. Y, si esa persona maravillosa no existe, puede ser un partido o una filosofía que nos dé la seguridad de que no va cometer errores y prometa la solución definitiva de todos los problemas. Ese miedo a la libertad es muchas veces el costo que pagan las sociedades exitosas que se transforman bruscamente y en corto tiempo. Y si de pronto se precipita una profunda recesión económica, el miedo se puede transformar en pánico a la libertad. En su versión tenue, es la hora ideal para los demagogos y para los populistas. Y, en su versión radical, puede ser la hora del golpe de cuartel, del fascismo o del totalitarismo. Es la hora que añoran los enemigos de la sociedad abierta.

 

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