Por: Santiago Montenegro

El miedo a la responsabilidad

Muchos sicólogos argumentan que nuestro proceso de crecimiento puede verse como un gradual desprendimiento de las ataduras a la naturaleza, a la madre, a la familia y de lanzamiento hacia un mundo en donde somos cada vez más libres para escoger nuestro destino, pero a un precio elevado. Es el precio de la soledad. Nos sentimos solos al recordar ese mundo de la infancia que nos protegía, nos daba seguridad, nos evitaba el duro costo de escoger. Pero nos sentimos solos y nos angustiamos también al mirar hacia el futuro, a lo que será de nosotros, de nuestros hijos. Nos angustia la certeza inevitable de la muerte.

Por eso, en gran medida, nuestro trayecto vital consiste en lograr una nueva comunión, en tratar de integrarnos otra vez con el mundo, con la sociedad, en alcanzar nuevas ataduras que, al menos en alguna medida, mitiguen la insoportable carga de la soledad. Para muchos, esa comunión se alcanza con un trabajo y una labor verdaderamente creativa, en las que, junto a otros seres humanos, podamos apreciar el fruto positivo de nuestros esfuerzos. Pero quizá la mayor comunión, el mayor lazo, la mayor fuerza, es el amor al compañero o compañera, el amor a los padres, al mundo o el amor a Dios.

Por supuesto, hay también caminos negativos para enfrentar la insoportable carga de la soledad. Hay casos de quienes renuncian a la responsabilidad individual y a la libertad y depositan en otros sus decisiones, y hay también casos extremos de quienes caen en una vida de alcohol, drogas y, eventualmente, en el suicidio físico o moral.

Varios filósofos políticos han hecho un paralelo entre ese trayecto vital de los seres humanos y la historia de las sociedades. Como los humanos, las sociedades también tuvieron una infancia, también fueron un mundo cerrado, lleno de ataduras, que poco a poco fueron desuniendo y transformando hacia una sociedad más abierta, más libre, de decisiones adoptadas por personas que, con procedimientos democráticos, también eligen a sus gobernantes. Como en nuestros trayectos personales, esa libertad también ha sido lograda al precio de tener que tomar decisiones y de asumir responsabilidades y sus consecuencias. Es el laberinto de la soledad. Es el miedo a la libertad.

Según Popper, desde los primeros indicios de la sociedad abierta en el mundo antiguo, siempre existieron estos temores. Esos miedos y terrores emergen más fácilmente en épocas de crisis, de recesión económica y elevado desempleo, y sustentan a los enemigos de la sociedad abierta. Como en la década de los 30, la recesión que comenzó con la quiebra de Lehman Brothers ha estado también asociada a movimientos políticos que prometen descargar las responsabilidades de la gente para depositarlas en supuestos salvadores, acudiendo al miedo y al desprecio de minorías, de los judíos, los musulmanes o los mexicanos. Se ha asociado como causa de estos fenómenos a la llamada política de la identidad. Pero, como magistralmente lo ilustró Erich Fromm, sería un error muy grande ignorar que existen también fuertes impulsos sicológicos que llevan a sectores sociales a renunciar a la libertad y a apoyar a los enemigos de la sociedad abierta.

Quienes creemos en la democracia y las instituciones republicanas, debemos ser conscientes de que esos enemigos, incapaces de presentar proyectos de sociedad por la vía positiva, están siempre prestos a aprovecharse de dichas angustias y temores.

 

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