Por: Juan David Ochoa

El milagro fallido

Piñera, un discípulo fiel del Fondo Monetario Internacional, quiso seguir con la ruta de un modelo económico refundado por Pinochet para salvar las arcas de las altas esferas económicas. Las órdenes bancarias salvaron sus cuentas sobre el cadáver de Allende, y los economistas célebres del momento, Milton Friedman y los Chicago Boys, tecnócratas formados bajo el canon moderno de la banca internacional, hicieron de centinelas y tutores del nuevo experimento. Pinochet respiraba feliz aunque el olor del exterminio le anulara el nombre. Los números empezaban a cuadrar entre las cuentas empresariales y las retribuciones esperadas, pero eran los grandes capitales los que empezaban a resucitar después de la amenaza que representó ese gobierno derrocado que intentó distribuir las cargas y afianzar la equidad, esa palabra peligrosa para el futuro de los grandes cálculos. Fue el mismo Milton Friedman quien lo llamó el “Milagro Chileno”, un elogio a su propia asesoría que empezaría a repetirse como un mantra entre las estrategias publicitarias de la dictadura más salvaje del Cono Sur y terminaría asegurándose como un dogma entre los países cercanos que creyeron también en el modelo y afianzaron sus técnicas con los ajustes sugeridos.

Colombia lo hizo también bajo la orden de César Gaviria, que empezaba su gobierno sin idea alguna ni proyección por los azares y la suerte que le dejó un magnicidio, y siguiendo la ruta ajustó las técnicas implementando otros esquemas de pensión que iniciarían su cuenta regresiva hacia el colapso. Pinochet ya había caído bajo el NO rotundo de un plebiscito que juró ganar, pero el esquema sobrevivió a su sombra. Las coberturas sociales nunca fueron prioridad entre los estatutos del FMI, que regula estrictamente el crecimiento de los números y los ahorros de ese inmenso fondo internacional sin que importe demasiado la asfixia de los humanos que viven bajo su apuesta. Era de esperarse entonces que todo estallara alguna vez, y que todo colapsara junto a los mismos países que iniciaron el juego entre las mismas décadas. Fondos de pensiones implosionados en la burbuja de la especulación y sistemas de salud inviables por la incapacidad física de un viejo negocio desbordado por los tiempos y sus poblaciones. Todo eso lo sabían sus artífices, pero nada de eso afectaría el futuro de los banqueros que podían irse para siempre si las cosas terminaban demasiado mal. El desmadre nunca los afecta de frente entre las calles que tampoco conocen y sus rostros nunca han sido suficientemente conocidos para preocuparse.

Piñera, culpable por la ausencia de una empatía mínima, creyó que un alza más en el pasaje del metro solo podía causar un pequeño malestar pasajero con protestas de una noche en una calle lejana de Santiago. Los gritos que se siguen escuchando aún entre la furia repiten el mantra que ahora la historia les concede: “No es por 30 pesos, es por 30 años”. El gobierno, respaldado por la sombra de sus generales dispuestos a disparar, quiso apagar el desmadre usando la palabra efectista de guerra para amedrentar el avance de las protestas. El toque de queda tampoco fue útil, y aceptando con terror la posibilidad de verse atragantado por el desastre ha salido de nuevo, pero esta vez para aceptar que la equidad debía empezarse a implementar, y que las grandes empresas y corporaciones debían ayudar a ajustar los cálculos, y que las élites debían aceptar sus culpas y aportar al cuadre de los números. Siempre pudieron hacerlo, y siempre pudieron pedir perdón antes de que la rabia y el resentimiento los intimidaran en las frágiles puertas de sus tronos y sus cuartos.

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2019-10-26T00:00:00-05:00

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