El ministro de Guerra

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Las declaraciones del ministro de Guerra, Diego Molano, sobre el bombardeo efectuado por el Ejército en la vereda Buenos Aires de Calamar, Guaviare, construyen un discurso que estratifica la condición de niño. Son una prolongación del ethos discursivo de la Seguridad Democrática, tejida —disciplinada y sutilmente— con los hilos de la exclusión social.

Que un exdirector del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) y actual ministro (cuya misión es velar por la protección ciudadana) se refiera a los niños reclutados por disidentes de las Farc como “máquinas de guerra” y convierta esa expresión en el leitmotiv de sus intervenciones públicas no obedece al desconocimiento del derecho internacional humanitario ni del significado de “persona protegida”. Trasciende al desacato de los principios de distinción, precaución y proporcionalidad. Cada palabra de Molano está regida por una intención lingüística: insertar a ciertos niños en un discurso de miedo para establecer referentes en torno al valor de la vida de ellos. La más rampante revictimización e instrumentalización de los menores de edad.

Cuando con lenguaje castrense solicita a los periodistas que nos concentremos en el “bandido”, desvía la atención de un hecho fundamental: Gentil Duarte es un reclutador de quien nadie espera nada porque es un criminal que traicionó hasta a sus compañeros de lucha que le apostaron a la reconciliación, mientras que el Ejército de Colombia tiene el mandato constitucional de proteger a la ciudadanía.

¿Qué busca la reiteración de clichés como “máquinas de guerra” o “bandidos”? “Legitima a partir de una serie de presupuestos o lugares comunes que a su vez crean comunidad alrededor de valores como la seguridad […] A partir también de la ilusión de aniquilar a quien se ha construido como «enemigo», reconociéndose en la tesis de que es justificable el crimen de Estado si con ello se extermina a todo aquel que, para el Estado mismo, es causante de violencia”, explica Lil Martha Arrieta en La construcción del ethos en el discurso del presidente de Colombia, Álvaro Uribe (Universidad del Valle, 2009).

Si los niños del campamento bombardeado hubieran sido alumnos de colegios privados de ciudades capitales, no estaríamos hablando de “jóvenes combatientes” sino de “menores secuestrados”. Las “máquinas de guerra” serían “víctimas del conflicto”. Pero eso nunca va a suceder porque Gentil Duarte no recluta niños que comen tres veces al día, toman notas escolares en tablets y defecan en sanitarios a puerta cerrada. Los de su calaña no acechan a quienes tienen sus derechos satisfechos. Ellos pescan allí donde no mira el Estado, donde el ICBF llega a lamentar y restituir… siempre tarde. (En un comunicado, el Ejército asegura que se dio la “recuperación de dos menores de edad, quienes ya se encuentran bajo la custodia del ICBF en San José del Guaviare”).

Cuando se publique esta columna, es posible que ya estén identificados los ciudadanos (adultos y menores) caídos en combate. Hay certeza del asesinato de una adolescente de 16 años. Las declaraciones del ministro de Guerra (la única “Defensa” que le cabe es la de la fuerza), además de una moción de censura o exigencia de renuncia, nos deben concitar una reflexión como sociedad: ¿cómo permitimos que este ethos (¡miserable!) permeara nuestras instituciones y nuestra relación con el mundo?

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