Por: Fernando Araújo Vélez

El minuto 89

Fueron llegando uno por uno y contra el tiempo, como casi siempre. Llevaban el bolso colgado de un hombro, la mirada algo ausente, los pasos lentos, tensos, nerviosos, y alguna que otra broma cargada de miedo.

Alguno pateó una pelota que andaba suelta por ahí, e imaginó que esa pelota trasponía una raya de gol, y que ese gol caía en el último minuto de la final que estaba a punto de comenzar. Otro se perdió en su muy íntima rutina de supersticiones, adosada con algún escapulario y el par de medias de la buena suerte que tiempo atrás le había regalado su madre. Uno más se cambió en una esquina, venda tras venda, lento y cuidadoso, como si cada movimiento pudiera determinar lo que en unos instantes iba a ocurrir. Se miraban, se daban ánimo, y en un instante se fueron todos a calentar, a las órdenes del capitán sin cinta, quien una noche antes se atrevió a preguntarles a varios de sus compañeros, ante muchas periodistas, si preferían anotar el gol del triunfo esa tarde o vivir una noche con la mujer de sus sueños. Casi todos escogieron el gol. Las periodistas se indignaron, hasta el punto de que alguna le dijo a un amigo “¡haz un gol!”, cuando le pidió un diminuto favor de tres pesos. Un seudo filósofo, medio en broma medio en serio, recordó una perdida frase de Gesualdo Bufalino, “De cualquier modo, nuestro partido con la vida terminará cero a cero”.

Y así iba el juego de aquella tarde, cero por cero. Los minutos pasaban. Nadie daba un balón por perdido, en una especie de reivindicación de aquel inglés que dijo “el fútbol no es un asunto de vida o muerte, es mucho más que eso”, hasta que llegaron al minuto final, el 89, y apareció una pelota vacía, sin rumbo, que el capitán tocó con el tobillo para meterla dentro a los trompicones.

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