Por: William Ospina

El minuto final

PODRÍAMOS COMPARARLO CON EL último minuto de una pesadilla. La pesadilla que fue a lo largo del siglo XX ser negro en Norteamérica.

Desde cuando su raza demostró que podía triunfar, que ellos podían ser tan talentosos como los blancos o más aún, el triunfo se volvió muy costoso; el precio era tan alto que la vida parecía insuficiente. Louis Armstrong, siendo ya el genio del jazz, era escuchado con veneración pero tenía que comer en la cocina. Después de la guerra de Secesión, después de que Lincoln declaró la abolición de la esclavitud tras el sacrificio de medio millón de personas, era posible acceder a la libertad pero al precio de la pobreza, era posible acceder a la igualdad pero al precio de los cíclicos sacrificios rituales del Ku klux klan, y no era posible acceder a la fraternidad. El papel de los hijos de los esclavos en el orden social seguía siendo el de Joe Christmas en la estremecedora novela Luz de agosto de William Faulkner.

Podían ser fuertes, podían ser ágiles, podían llegar primero, pero había que dejar claro que su victoria no negaba su raza: Mohammed Alí podía saltar y golpear duro: ello seguía siendo interpretado como el privilegio de razas inferiores; Mike Tyson podía derribar uno tras otro a sus contendores: ya la policía se encargaría de él; Malcolm X o Angela Davis podían tener presencia política: sería fugaz y contestataria, nunca el triunfo sereno de una alternativa. Uno tras otro fueron apareciendo, y fueron dejando en la boca de la fama su cuerpo y su alma, su sombra derribada en la escena: Charlie Parker, Martin Luther King, Jean Michel Basquiat.

La familia Jackson debió abrirse camino en ese campo de tremenda competencia, de casi sobrehumana exigencia por llegar a ser lo único que los Estados Unidos respetan, lo que ellos llaman un ganador, un winner. Y cuando el grupo de hermanos cantaba con éxito a comienzos de los años setenta, el pequeño Michael empezó a mostrarse como un ser verdaderamente excepcional.

Tal vez el primero que lo comprendió fue su padre, y empezó a exigirle más que a otro cualquiera; fue el ser cruel y tiránico que labra un genio de la danza y del canto con el látigo inflexible en la mano. ¿Qué le decía mientras lo azotaba?: los biógrafos afirman que lo escarnecía por ser negro, por tener grande la nariz, por ser tímido. Se habrá dicho que no sería con blanduras como lograría abrirle camino en un mundo implacable. Un monstruoso rigor volvió a aquel muchacho desveladamente incapaz de aceptarse: para ser el mejor, el más famoso, el más rico, tenía que luchar con todos los fantasmas de una raza y enfrentarse a todo lo que le había dado el destino.

Y el muchacho lleno de música iba siendo aceptado por todos, menos por sí mismo. Vio que, aunque rico, y famoso, y genial, no dejaba de ser negro, de ser humano, de ser mortal. Así vimos pasar por el mundo a ese ser que luchaba sin cesar contra su sexo, contra el paso del tiempo, contra su condición racial. Y a veces parecía que no anhelaba ser blanco, ni ser andrógino, ni ser niño, sino no estar sujeto a ningún límite. Había nacido en un país de pesadillas: ya habían vivido ese infierno Edgar Allan Poe, Philip Kindred Dick, y esos artistas por los que hablaba Allan Ginsberg al comienzo de su poema “Aullido”: las mejores mentes de su generación destrozadas por las drogas, por el crimen, por el alcohol, por la cárcel.

Era grande el desgarramiento que seguía viviendo la raza negra después de siglos de repulsión y de menosprecio. Más difícil que ser respetada y aceptada por otros era ser respetada y aceptada por sí misma. Vencer la maraña de sus propios fantasmas. Y a este hombre que llegó a ser casi el más famoso, casi el más rico, casi el más legendario, cada minuto le costaba la vida entera. Se lo puede describir con estas palabras de Borges: “Ensayaba continuas metamorfosis como para huir de sí mismo”. Temía que estaba engañando a alguien, se deshacía en farsas, en simulacros, en fábulas. Tenía miedo de estar despierto, tenía miedo de estar dormido. Y vivió aterrado en el corazón de un remolino de talento y de vacuidad, de silencio y de oro. Convertido en una mercancía por una maquinaria despiadada, no entendió que quizás estaba viviendo el último minuto de una pesadilla.

Hace apenas ocho meses un negro de los Estados Unidos, que no necesitó cambiar de raza, ni de sexo, ni recurrir a ningún énfasis escénico, se convirtió en el hombre más famoso y acaso más poderoso del mundo. Lo hizo sin trampas, sin traicionarse a sí mismo, sin esconderse detrás de ninguna máscara, siendo sincero, firme y sencillo. Barack Obama había logrado sin estruendo algo que siempre le había sido negado a su raza, y Michael Jackson, desvelado vástago de una tragedia secular, podía descansar de su delirio. “Quiero dormir por fin ocho horas seguidas”, le dijo febril a su enfermera. Y se durmió por muchas veces ocho siglos.

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