Por: Columna del lector

El mito antropocéntrico

Por Pablo León

La aparición de las religiones, en especial las abrahámicas, y la revolución humanista que acompañó la entrada a la llamada Edad Moderna, ambas fuerzas tan opuestas y tan semejantes, ayudaron a edificar una ilusión que se mantiene en pie hasta el día de hoy bajo las más eclécticas e inverosímiles formas, a pesar del esfuerzo de numerosos intelectuales por desmantelar tan vil superstición: que la humanidad, ser sagrado, medida de todas las cosas, ocupa el centro de la existencia.

La ciencia asusta a los devotos de la moral, la ficción y el espíritu porque va lanza en ristre contra aquel residuo pétreo de egocentrismo infantil. Nos sigue costando aceptar que hacemos parte de un linaje de primates, que compartimos alegrías y dolores con los animales de sistema nervioso complejo, que en nuestra sangre hay materia primigenia, sangre de la tierra y las plantas y los corales y las estrellas. Nos soñamos hijos de deidades, de alienígenas; nos soñamos estirpe bendita de racionalidad áurea, ignorando a voluntad las falencias de nuestro primitivo pensamiento, la levedad de esa quimera que con orgullo desmedido hemos bautizado Yo; nos soñamos siendo seres privilegiados, mientras disputamos con garras predatorias las entrañas de nuestro cansado planeta.

Nuestra existencia replica la existencia en su totalidad, porque no somos distintos a ella. Solo basta con ver la violencia entre las inertes esferas estelares en el vacío del espacio para comprender que existir es un acto violento. Creemos que nuestras virtudes son celestiales, que nuestros vicios demoniacos también se encuentran por fuera del orden natural de las cosas. Consideramos que la enfermedad mental, la crueldad, el arte, el altruismo son fenómenos únicos de esta humanidad. Eso sí, nos ahorramos tan amañado discurso para con delfines y nutrias, animales que violan con sevicia, a veces llevando a sus víctimas a una escabrosa muerte; el desconsolador lamento lúgubre de los elefantes por sus añorados muertos; las hormigas y su organización en función de la división del trabajo y la esclavización de los débiles; el adulterio culposo de las garcetas azules; las danzas alucinadas de los renos intoxicados con amanita muscaria; el pez globo de manchas blancas y sus envidiables monumentos de deliciosa belleza en las arenas profundas del océano. Habiendo presenciado todo esto, seguimos negándo la ilusión del humano endiosado, dios humanizado.

¿Y qué tal el caso omiso que hacemos al vínculo que tenemos con los chimpancés, nuestros primos más cercanos, con los cuales compartimos el 98,4 % del ADN? Cuando nos vemos reflejados en la familiaridad de sus rostros, en sus actos impúdicos, tan semejantes a nuestra vulgar privacidad solapada, un escozor nos anuda la garganta, porque nos recuerdan el momento en el que Darwin silenció los pretenciosos planes divinos, al descubrir la aleatoriedad que rige el desarrollo de la vida: la ciega evolución.

Desconocer nuestra animalidad es analfabetismo científico o fanatismo militante. Somos el tercer chimpancé, el más numeroso y el más solitario; el más creativo para las artes y la tortura; el más dominante sobre la tierra y el más abandonado; el más bello entre los mamíferos y el más terrible de todos. Somos el animal más desolado, con aterradora consciencia sobre la finitud de todas las cosas, y el más enaltecido, pues dotado de la lengua y la estética, las letras y la razón, le devolvemos al universo una imagen de sí mismo, como un lago cristalino que refleja el cielo estrellado.

 

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