Por: Eduardo Barajas Sandoval

El modelo de Singapur

No es fácil, ni necesariamente provechoso, separar los elementos del sistema educativo de un país del conjunto de su modelo político y su tradición cultural.

Los implantes de proyectos educativos foráneos pueden ser una muestra gratuita de subordinación y al mismo tiempo de renuncia al ejercicio fundamental de producir un sistema adecuado a propósitos propios, si es que se tienen, claro está. Por eso los amigos del sistema educativo de Singapur deberían tener claro si quieren el paquete completo del país asiático, con todo y sus niveles de asignación presupuestal, de respeto por los educadores, de ejercicio de la autoridad y de intervención en el contenido y el sentido de lo que se privilegia en las escuelas.

Singapur es básicamente una “Ciudad – Estado” que surgió a la vida independiente hace apenas seis décadas. Su extensión no va más allá de los setecientos kilómetros cuadrados de tierra, esto es mil seiscientas treinta veces menos grande que la extensión de nuestro territorio. Tiene cinco y medio millones de habitantes, esto es menos que la capital de Colombia y cerca de nueve veces menos que nuestra población nacional. También tiene menos escuelas y menos universidades que Bogotá, para no mencionar el conjunto de nuestro país. Ciento cuarenta y un escuelas primarias oficiales y cuarenta y seis subsidiadas por el gobierno son relativamente fáciles de manejar. Seis universidades nacionales también. Menos de medio millón de estudiantes en las escuelas y menos de treinta mil maestros suman menos que los de nuestra capital, para no contar las demás ciudades y campos de nuestro país. No tiene fronteras terrestres con nadie, porque es una isla, y mucho menos recibe inmigrantes, internos ni externos, ni existe más desplazamiento que el propio de la movilidad urbana de cada día.

La índole de la sociedad es en Singapur bastante diferente de la nuestra. Una coincidencia poblacional entre habitantes de origen chino, indio y malayo, y una lejanía milenaria respecto de los procesos europeos, tan cercanos a la América Latina, vino a convertirse en unidad viable solamente bajo el modelo colonial británico, también muy alejado de nosotros, que hemos tenido en el mestizaje y la hispanidad algunas de las raíces de nuestra realidad contemporánea. Todo esto, además de las consideraciones ya hechas sobre las proporciones de los dos países, no es poca cosa a la hora de diseñar el sistema educativo de cada quién.

Singapur tiene ciertamente un sistema educativo exitoso en cuanto cumple con el propósito nacional de educar a todo el mundo para que sea útil en la perspectiva de las exigencias del desarrollo, conforme a los parámetros más depurados del capitalismo occidental. Sus estudiantes son los mejores a la hora de participar en pruebas internacionales, particularmente en matemáticas y ciencias, a cuya preparación destinan las escuelas buena parte de sus esfuerzos. Otra cosa es que ahora hayan tenido que desatar un proceso que refuerce las capacidades creativas y críticas de los educandos, porque en estos terrenos el sistema no les aporta demasiado. Y parece que no piensan exagerar en este esfuerzo, porque no necesariamente corresponde al tipo de persona que quieren formar.

 

 

 

 

 

Pero a la base del proyecto de Singapur están otros elementos de importancia, como que el Estado destina el veinte por ciento de su presupuesto a la educación. Y esta es obligatoria, al punto que es un delito no enviar a los hijos a la escuela; con la ventaja de que el Estado garantiza el cubrimiento total de las necesidades educativas del diminuto país. Los nacionales no se pueden matricular en escuelas extranjeras ni internacionales sin permiso del Ministerio de Educación. La lengua oficial obligatoria de enseñanza en todas las escuelas, públicas y privadas, es el Inglés, y como lengua accesoria los estudiantes trabajan en el idioma original de su comunidad, es decir el tamil, el malayo o el mandarín. Por lo demás la desnutrición no está presente, la protección efectiva a la salud se puede dar por establecida, no existe una desigualdad vergonzosa y tampoco una espiral omnipresente de violencia. Existe un sistema de carrera docente que de verdad hace apetecible ser maestro. Y no se ha producido, como desafortunadamente sí se ha dado entre nosotros en un ya largo proceso, el fenómeno del menosprecio hacia la figura del educador. Allá tienen claro que formar y remunerar maestros no es un gasto incómodo sino una importante inversión social.

No sobraría agregar que el proyecto educativo de Singapur se ha desarrollado dentro de un sistema político que presenta una continuidad asombrosa, una estabilidad política muy notoria y un modelo particular de ejercicio de la autoridad. El actual Primer Ministro, Lee Hsien Loong, hijo del Fundador del Estado, ocupa el cargo desde 2004, gracias a los reiterados y arrolladores triunfos del Partido de la Acción Popular. Su padre, legendario político y visionario, ejerció el liderazgo del país desde 1959 hasta 1990, cuando escogió un sucesor pero continuó ejerciendo como “Senior Minister” por los siguientes catorce años, hasta que su hijo llegó a ocupar la jefatura del gobierno, momento en el cual asumió el cargo de Ministro Mentor, que ejerció hasta 2011. Casi seis décadas de presencia en el comando del país.

Como reflejo del talante de la educación y de la idea de ejercicio de la autoridad dentro de esa sociedad, tal vez sea útil saber que en Singapur existe, institucionalizado, el castigo corporal para los estudiantes, hombres, castigo que se aplica de manera solemne con una caña, algunas veces en público, por la administración de la escuela, no por el maestro en la clase, con el propósito de mantener una disciplina estricta. El Ministerio de Educación ha establecido, eso sí, que solo se pueden dar hasta seis golpes a un mismo alumno.

En lugar de desentrañar, e importar como panacea, elementos exitosos del seno de otra sociedad, de otro modelo político y de otra tradición cultural, los colombianos deberíamos aprovechar la crisis manifiesta de nuestro sistema educativo para concertar, con los maestros como actores indispensables y de primera línea, un modelo educativo que responda a nuestras proporciones, nuestras complejidades y nuestras aspiraciones nacionales, que deberíamos tener más o menos claras. Sería además oportunidad propicia para ir mucho más allá de la figuración en lugares altos de los rankings donde sobresalen los que resuelven problemas matemáticos, que sí hay que saber resolver, pero que debe ir acompañada de fortalezas creativas y críticas, que son las que marcan la diferencia entre la disciplina a raja tabla y el ejercicio constructivo de la libertad.

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