Por: Alvaro Forero Tascón

El momento definitorio de Santos

LA DEFINICIÓN DE LA FIGURA POLÍTIca de Franklin D. Roosevelt se produjo en los primeros cien días de su presidencia, a pesar de haber sido el presidente que más largo gobernó a su país —cuatro periodos consecutivos—, y de haber ganado la guerra más grande de la historia.

Jonathan Alter sostiene en el libro El momento definitorio, que los Cien Días no fueron solamente el primer acto de la presidencia de Roosevelt, sino “el clímax de una pieza exquisita de teatro político”.

Según Alter, el definitorio es el momento en que “el carácter o la percepción de una figura política se cristaliza”. Describe como decisivos durante los primeros tres meses “su racha manipulativa y su famoso temperamento de primera clase, que ayudaron a levantar a los norteamericanos de su depresión mental, sin curar la económica. El asombroso debut de FDR en la presidencia fue el florecimiento no sólo del pensamiento versátil sino de brillantes instintos de liderazgo”.

Pero, ¿cómo “la excitante experimentación legislativa que vino a conocerse como los Cien Días”, pudo definir a Roosevelt por encima de momentos triunfantes como el Día D durante la Segunda Guerra, o difíciles como la Conferencia de Yalta en que Stalin le impusiera un nuevo mundo que durarían los Estados Unidos casi medio siglo en reversar? La explicación estaría en que en esos primeros días Roosevelt reveló una personalidad desconocida, sorprendiendo con la “suprema confianza personal en su habilidad para guiar a su país cuando estaba, como dijo después, congelada por un terror fatalista”.

Es posible que Juan Manuel Santos esté viviendo su momento definitorio. No por estar aplicando la agitación reformista de la fórmula de los primeros cien días. Esa se convirtió en una tradición política occidental que han seguido muchos presidentes norteamericanos y algunos colombianos como César Gaviria. Sino porque con ello está revelando una personalidad política muy distinta a la que conocieron los colombianos en la campaña y el Ministerio de Defensa.

Santos está encontrando su propia voz, no a través de acciones en materia de orden público ni de manejo sofisticado de la imagen del Gobierno, como se esperaba, sino mediante propuestas de reforma que están revelando un talante mucho más liberal que el de su antecesor, y una combinación de concepción crítica de los problemas del país con optimismo sobre las posibilidades de solucionarlos. La honestidad política para aceptar que temas como el de las víctimas, el desempleo, la justicia, y aun los más traumáticos como el de la tierra, son apremiantes y dependen principalmente de la acción del Estado, combinada con la seguridad que ha demostrado en su capacidad y la de Germán Vargas Lleras para sacarlas adelante, están redefiniendo a Santos como magnánimo y reformista.

El “asombroso debut” de Santos en la Presidencia ha sido definitorio porque su perfil político había sido dibujado más por su personalidad que por sus ideas, más por sus cálculos que por su audacia, más por sus intereses que por sus convicciones, más por las políticas de sus jefes que por las suyas propias. Del éxito o fracaso de la agenda legislativa depende que Santos demuestre que La Tercera Vía sucedió al uribismo.

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