Por: Rocío Arias Hofman

El morral de la esperanza

LA FE EN COSAS QUE ESTÁN MÁS ALLÁ de este mundo es para mí la roca a la que puedo aferrarme en los momentos de mayor ansiedad, escribió Rutka Laskier, una adolescente polaca que padeció los rigores del gueto de Bedzin a principios de los años 40 y que murió en el campo de Auschwitz.

Hace poco se publicó El cuaderno de Rutka, su brevísimo y lúcido testimonio del horror que ya sabemos que fue aquella gran guerra en Europa. La esperanza aparece como un pedazo de balso en la inmensidad del océano. Hacia allá se dirige Rutka casi sin alientos. Rutka sabe que se le acaba el tiempo pero espanta esa certidumbre como si fuera una mosca y alcanza a escribir que las heridas físicas cierran pronto, pero lo que queda es el daño moral.

Otros que sí pudieron sobrevivir a horrores, como Vasili Grossman, autor de la demoledora Vida y destino, y la escritora rusa Nina Berberova en sus cuentos hablan de la esperanza como el refugio para evitar el suicidio. Así hemos oído hablar también a Íngrid Betancourt en referencia al estado en que se encuentran muchas veces los secuestrados desperdigados por la manigua colombiana. Y esa esperanza se concreta en una voz de aliento transmitida a través de la radio, un par de copas de cristal que aguardan en los anaqueles de una casa, el rayo de sol que se empeña en iluminar un día de nieve.

El morral negro que cargaba Íngrid sobre sus hombros el pasado miércoles cuando descendió del avión en el aeropuerto de Catam contuvo durante años unos chécheres y un diccionario.

Supongo el celo que cada día depositaba en esas pocas cosas que definían paradójicamente tanto los límites que le eran impuestos como la pequeña libertad que le procuraban al definir su existencia. Aunque esa mochila funciona también como metáfora del fardo de la vida que cada cual lleva a cuestas, la de Íngrid trajo consigo la imagen de quien hace un inimaginable esfuerzo para acopiar fuerzas y cargar con eso que dicen que es lo último que se pierde.

Los victimarios también saben de esperanzas. Las filas de las Farc están integradas por hombres y mujeres de carne y hueso. Su guerra está hecha también de anhelos varios: la promesa de una Colombia donde alcancen el poder, el deseo de zafarle al destino una existencia paupérrima y lograr la plata como sea o la manera de proteger a sus propias familias de las amenazas guerrilleras, entre otras.

A la lista hay que sumar también la esperanza que anida en el corazón de los familiares de las víctimas mientras una noticia mortal no se haga realidad. Y la de los civiles que depositan en ese estado de ánimo el deseo de un país sin guerra y que se suman a la marcha del próximo 20 de julio. Están también las esperanzas de algunos políticos traducidas en la vulgaridad de hacerse la foto adecuada o sacar pecho en la plaza precisa para asegurar jugadas certeras en el ajedrez del poder.

Todas esas esperanzas suelen colisionar entre sí porque provienen de necesidades enfrentadas. Que sobrevivan sólo depende de la fortaleza mental y espiritual de los seres humanos. Con esa confianza íntima en que el curso del destino puede finalmente mejorar cada uno de nosotros intentamos desafiar las angustias y derrotas que padecemos.

 Las esperanzas no se compran ni se venden. Cada cual hace de ese deseo el latido necesario para seguir adelante. Por eso sobrecogen tanto. Se pueden apresar, demoler y aplastar, pero vuelven a surgir como si fueran patas de cangrejo. Con ellas se pueden reconstruir las historias más difíciles y entender que sin ellas la vida sería de mentira.

 

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