Por: Julio César Londoño

El muchacho que inventó la ciencia

AGRIMENSOR DE LA TOPOGRAFÍA DEL infierno, acucioso observador del cielo, descubridor de las leyes del péndulo y del movimiento de caída libre, Galileo Galilei (1564-1642) introdujo el número y el experimento en la ciencia clásica y fundó la ciencia moderna.

Hijo de un patricio venido a menos, quien le había enseñado a dibujar y a tocar el laúd, Galileo era un alumno discreto del seminario de Pisa cuando el patricio decidió que lo mejor para el muchacho era que estudiara otra cosa y lo matriculó en una escuela de medicina, claustro que también debió abandonar poco después por la insolvencia del padre.

Su genio se manifestó muy temprano, a los 19 años, concretamente un domingo en la catedral de Pisa cuando notó que el tiempo de las oscilaciones del hornillo del sahumerio, medido con los latidos de su corazón, era siempre el mismo y no dependía de la amplitud de las oscilaciones. El descubrimiento le inspiró el principio de un cronómetro más preciso que el gnomon, la clepsidra y el corazón, el reloj de péndulo.

A los 26 años ocupó la cátedra de matemáticas de la Universidad de Pisa. De inmediato se puso a arrojar cosas desde la Torre Inclinada de la ciudad: ¡piedras, sapos, esferas y hasta libros, un artículo novedoso y muy caro! Las autoridades de la universidad se alarmaron, por supuesto, pero callaron por respeto a su talento. Gracias a esta discreción, Galileo descubrió que todos los cuerpos demoraban el mismo tiempo en caer. Aunque parezca increíble, nadie se había tomado nunca la molestia de realizar el experimento. Por siglos, Aristóteles y el traidor sentido común nos habían persuadido de que los cuerpos pesados caían más rápido que los livianos.

Fueron años felices. Se carteaba con Kepler y Pascal (eran misivas llenas de heréticas primicias). Su salario le permitía comprar libros, llevarse toda la clase para la taberna y darles regalos a sus amigas, y le quedaba tiempo para dar conferencias sobre la topografía del Infierno de Dante, asunto de la mayor importancia en una época en la que, como observaría Erasmo de Rotterdam, todos querían ir al Cielo pero todavía no.

A los 68 años publicó un libro en el que manifestó su simpatía por las inflamables ideas de Copérnico, un sacerdote lunático que había escrito que los planetas giraban en torno al Sol. La Iglesia se ofuscó y el Tribunal del Santo Oficio lo condenó a pasar el resto de sus días en prisión domiciliaria. Galileo acató la sentencia con humildad. Su salud no era la mejor. Tantas noches pasadas pegado al telescopio le habían arruinado los ojos. (Él no fue el inventor de este aparato, como sostienen algunas enciclopedias despistadas. El telescopio lo había inventado recientemente un oscuro artesano holandés que se dedicaba al oficio de pulir lentes, como Baruch Spinoza, y se lo conseguía por una bicoca en las calles de Ámsterdam. El mérito de Galileo consistió en mejorarlo hasta lograr un aumento de 32, y sobre todo en la osadía de dirigirlo a las estrellas y no a las terrazas donde se bañaban las señoritas, deplorable costumbre de los nobles de la época).

El 8 de enero de 1642, Galileo agoniza en su casa. En la habitación flotan sahumerios y plegarias. Allí están Vincenzo Viviani, el biógrafo, Evangelista Torricelli (un físico joven y talentoso que trabaja con él en una continuación clandestina de sus investigaciones), un sacerdote y dos representantes del Santo Oficio. Un reloj de péndulo marcó la hora final: seis de la tarde. En la base el sabio había hecho inscribir: Omnes vulnerant, postrera necat. Todas hieren, la última mata.

Preocupados, los manes de la física harán que Isaac Newton nazca ese mismo año.

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