Por: Héctor Abad Faciolince

El mudo y el gritón

EL UNO USA LA DIPLOMACIA DEL GRIto herido; el otro, la mudez o las palabras en sordina.

Nunca como antes el talante de estos dos presidentes había quedado tan claramente al desnudo: Chávez, el predicador evangélico que dramatiza, exagera y da alaridos; Uribe, el jesuita sinuoso, que se frota las manitas y cuchichea infamias al oído. Con estos talantes contrapuestos y simétricos, cada vez que se cruzan las miradas, saltan chispas. Chispas peligrosas, en un vecindario donde huele a gasolina.

Estuvo bien que Uribe y el ministro de Exteriores, Bermúdez, fueran por Suramérica explicando lo de las bases que usará aquí el Ejército de Estados Unidos. Lo que no sabemos es lo que dijeron, a puerta cerrada, en su viaje mudo. Pero ahora que les explicaron a los extranjeros lo que va a pasar aquí, nos deben una gira por Colombia: que Uribe, y ya no el ministro de Exteriores, sino el del Interior, nos expliquen a los colombianos lo de las bases. Porque somos nosotros los que no tenemos ni idea de lo que pretenden conseguir con ellas.

¿Las van a usar para interceptar aviones y submarinos de la mafia? ¿Van a servir para perseguir cocaleros o guerrilleros con mercenarios contratados por empresas de seguridad del lobby republicano? ¿Podrán los militares norteamericanos seguir violando muchachas impunemente si salen de farra un sábado por la noche, según el vergonzoso convenio de inmunidad? ¿Están autorizados los aviones gringos a volar por todo el continente en labores de espionaje electrónico para volver luego a las bases colombianas? ¿Nos darán las coordenadas de campamentos de las Farc más allá de las fronteras para que Colombia ataque con bombas, al estilo Israel, como si se tratara de una base de Hamás en el Líbano? No sabemos nada, no nos han dicho nada.

En tiempos de Bush habría sido más creíble la alharaca de Chávez. Con Obama parece muy improbable una invasión a Venezuela; pero incluso con Obama, Estados Unidos no ha dejado de tener “intereses estratégicos en el continente”, y es triste que seamos nosotros los que les servimos en bandeja de plata y les ponemos el tapete rojo de las bienvenidas, aparentemente sin limitaciones ni contraprestaciones. Pero como no hablan, no sabemos. Lo increíble es que la opinión colombiana no pida explicaciones al Gobierno y esté casi tan muda como el presidente.

Es triste que nuestros países se desangren en una carrera armamentista; lamentable que Chávez se gaste millardos de dólares en aviones rusos y buques de guerra españoles, y también que Venezuela se declare un país soberano e independiente cuando abre sus fronteras a Irán (para que busque uranio) o a militares cubanos que cachean incluso —a la entrada de las reuniones del Consejo de Ministros— a los jefes de cartera chavistas, por la paranoia del vecino gritón.

Estamos mal gobernados, aquí y allá, con el jesuita de maneras calladas y el predicador que vocifera como un demente. Si crecen el odio y las recriminaciones, entre los dos nos podrían arrastrar a lo impensable: a la estela de muerte y miseria que deja una guerra. Al fin el mundo se acordaría de nosotros; al fin el mundo se interesaría en llenarnos de armas mientras ellos se llenan los bolsillos; al fin seríamos el centro de atención, y no un continente condenado a la indiferencia y a la soledad. Pero es mejor parecer lejanos, aburridos y pacíficos que enfrascarnos en esa horrenda costumbre de la guerra, que ha cundido por todos los continentes, menos por el nuestro. Salvo guerritas ridículas (la del fútbol, la del Perú, la de las Malvinas, la de Corea) América Latina no ha caído en esa trampa de la humanidad. Haber sido tan pacíficos, al menos entre los países que componen esta región del planeta, es el único orgullo que tenemos: los pueblos de América no se han masacrado entre ellos. Este orgullo lo deberíamos conservar. Por mucho que mienta y grite el uno; por mucho que calle e insinúe el otro.

 

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