Por: Hugo Sabogal

El mundo del té

Aumentan adeptos de esta bebida milenaria llena de nobleza, bondad y sutilezas.

En materia de bebidas no alcohólicas, Colombia es tierra de café y de una larga lista de infusiones tropicales. Bebemos lo que nos da la tierra. De manera que cuando nos enteramos de la importancia del té en la dieta mundial —es la segunda bebida más consumida después del agua— nuestro aporte es insignificante. Sin embargo, en los últimos años, el té ha ganado miles de adeptos nacionales, especialmente después de conocerse el aporte benéfico de variedades como el té verde y el té blanco.

En el mundo, los principales países consumidores son China, Japón, India, Gran Bretaña y Estados Unidos. En el caso de los países orientales, el té, incluso, se transporta a un estrado de solemnidad. Y en tierras más occidentales, como en el Reino Unido, es la bebida socializante y familiar por excelencia. En América Latina, Chile marcha a la delantera entre los aficionados a esta bebida, le siguen Argentina y Uruguay.

Una de las razones por las cuales el consumo colombiano de té es bajo es que el nivel de astringencia de la bebida choca con nuestro paladar genético tropical. Aquí, en el centro del  planeta, nos gustan los sabores maduros y dulzones, y rechazamos lo excesivamente agrio, amargo o ácido. Pero dado el empuje del té en los últimos años, vale la pena apreciar los motivos de su jerarquía y valorar su bondad y nobleza.

Si nos atenemos a la mitología china, el té fue descubierto hace 5.000 años por Shen Nung, un emperador inquieto y muy adelantado a su época. Cuenta la leyenda que, para evitar las consecuencias de ingerir aguas impuras, Nung instituyó entre sus súbditos la costumbre de hervir el precioso líquido antes de beberlo. Una tarde, cuando él y sus sirvientes tomaban un descanso para reponerse de un largo viaje, los encargados de la cocina pusieron a calentar agua. Mientras ésta alcanzaba el punto de ebullición, cayeron a la vasija varias hojas de una planta cercana. Intentaron sacarlas, pero Nungse interpuso y ordenó tomarla así. Al instante, todos se deleitaron con sus efectos refrescantes y reconstituyentes.

El consumo de té se extendió al resto del inmenso territorio y muy pronto lo adoptaron todas las clases económicas y sociales. A Japón llegó en los baúles de monjes budistas que viajaban a China, y en poco tiempo lo adoptaron personas de todas las condiciones. Más que en su país de origen, el té adquirió en la tierra del Sol Naciente un estatus ceremonial.

Desde entonces hasta hoy han pasado muchos siglos. Del Lejano Oriente saltó a Europa y después a América. En su ruta expansiva ha sido testigo de excepción del progreso y los fracasos del hombre.

El primer europeo en probar la bebida fue el sacerdote jesuita Jasper de la Cruz, quien formó parte de la primera expedición portuguesa que desembarcó en territorio chino. Gradualmente fue ocupando espacios en Europa del Norte y del Sur, y en las islas británicas. Después de echar raíces en Inglaterra, emigró a las colonias de Norteamérica y posteriormente inició su recorrido hacia la zona austral. En todos estos territorios, igual que ocurrió en Oriente, los miembros de la nobleza o de las clases privilegiadas fueron los responsables de su popularidad. Luego su ingesta se extendió al resto de pobladores.

Con el avance de los siglos, las técnicas de cultivo del té se adaptaron a las distintas épocas, tradiciones y circunstancias. En general, los tipos de té más conocidos y explotados son cuatro: blanco, verde (no fermentado), Oolong (semifermentado) y negro (fermentado). A su vez, cada uno de ellos se subdivide en más de 3.000 variedades distintas.

El té se toma preferiblemente caliente, para lograr la mejor extracción de aromas y sabores. Pero también puede ingerirse frío, especialmente en las épocas de calor. Igual que otras bebidas aromáticas, el té se expresa en nariz y paladar con aromas volátiles que recuerdan frutas, hierbas, sensaciones ahumadas, metálicas, especiadas o maderadas. En paladar, predominan los gustos amargos. La mejor forma de tomar un té es sin azúcar ni leche para poder apreciar sus sutilezas.

Respecto a sus efectos terapéuticos debe decirse que el té posee propiedades antioxidantes gracias a la presencia de polifenoles. El té verde es rico en esos componentes. Los expertos señalan, sin embargo, que el té blanco es mucho más valioso en términos terapéuticos, pero es también el más escaso. Según los investigadores, el té aumenta las defensas y neutraliza la acción de los llamados radicales libres, cuyo efecto negativo puede terminar gestando células cancerígenas.

En nuestra cultura el té es todavía una bebida de poca trascendencia. Pero hay reportes que dan cuenta de un crecimiento en el consumo, demostrando, una vez más, que se trata de una de las bebidas de mayor consumo y beneficio corporal y espiritual en la historia de la humanidad.

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