Por: Juan Gabriel Vásquez

El mundo secuestrado por el Tea Party

Sería fácil creer que el cierre del gobierno de Estados Unidos sólo ocurre allí: en Estados Unidos. Pero no es así: ocurre en todo el mundo.

La última vez que el Gobierno tuvo que declarar el shutdown —la palabra, hasta hace poco, causaba escalofríos—, el presidente era Bill Clinton: un Bill Clinton empeñado en sacar adelante ambiciosos programas de salud pública, educación y medio ambiente. El Congreso estaba dominado por los republicanos, y los republicanos, ya se sabe, nunca han tenido una buena relación con la protección del medio ambiente, ni con el gasto en educación o salud, ni con cualquier cosa que parezca protección social o Estado del bienestar: todo eso suena a socialismo. Aquel Congreso, liderado por Newt Gingrich, se negó a aprobar un presupuesto que no incluyera recortes severos; Clinton, por su parte, se negó a los recortes; el Gobierno acabó cerrando durante 28 días. Tras salir de la crisis, sin embargo, Clinton se encontró con índices de aprobación que nunca había tenido. Acabó ganando la reelección en medio de la desorientación republicana. Todavía Newt Gringrich se pregunta qué fue lo que pasó.

Eso ocurrió hace 17 años. Hoy, la situación de Obama es similar: un Congreso republicano le ha declarado la guerra al gasto público en general, pero sobre todo a una ley de salud que se ha convertido en su peor enemigo. Pues no es una ley cualquiera, sino que lleva el nombre del presidente: “Obamacare” es la razón de que los republicanos hayan conducido al Gobierno a la inoperancia. Uno de ellos decía en estos días que Obamacare es la ley más nociva jamás inventada por el hombre. La hipérbole habría sido menos absurda si no hubiera sido pronunciada antes de que la ley entrara en vigor. En otras palabras: con más paciencia, los republicanos convencidos de que Obamacare es obra del diablo habrían podido esperar a ver sus diabólicos efectos: los habrían denunciado con éxito y hoy estarían hablando del fracaso de Obamacare y de cómo los republicanos, caramba, tenían razón. Pero no: están y estamos hablando de una democracia inoperante y disfuncional. Estamos hablando de un partido, el Republicano, compuesto por una mayoría de irresponsables y una minoría de fanáticos culpables casi en exclusiva del cierre del Gobierno. Si Obama pudiera ser reelegido el año que viene, es seguro que lo sería.

La minoría a la que me refiero, ese medio centenar de congresistas que han secuestrado al partido que en mala hora los acogió y, de paso, a la economía de la principal estructura financiera del mundo, están vinculados al Tea Party: una banda de fundamentalistas y fanáticos cuyo odio por Obama y lo que Obama representa es su principal bandera. Son peligrosos, porque sólo responden ante los fanáticos y los fundamentalistas que los han elegido; si hay que arrasar con la estabilidad económica de Occidente para cumplir con su mandato, así lo harán. Y la catástrofe no está lejos: si, como consecuencia de esta parálisis presupuestal, no se levanta el techo de la deuda y Estados Unidos suspende sus pagos, podría producirse una recesión peor que la causada hace cinco años por la bancarrota de Lehman Brothers.

Y por eso digo: sería fácil creer que el cierre del gobierno de Estados Unidos sólo ocurre allí. Pero no es así: ocurre en todo el mundo.

 

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