¡El mundo sigue girando!

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“Mucho tiempo atrás, Dostoievski formuló la siguiente pregunta: ‘¿Puede haber lugar para la absolución de nuestro mundo, para nuestra felicidad o para la armonía eterna, si para conseguirlo, para consolidar esta base, se derrama una sola lágrima de un niño inocente?’. Y él mismo se contestó: ‘No. Ningún progreso, ninguna revolución justifica esa lágrima. Tampoco una guerra. Siempre pesará más una sola lágrima...’”. Prefacio de “Últimos testigos”.

En su último libro, la nobel bielorrusa Svetlana Alexiévich nos comparte los recuerdos de los niños soviéticos de los años 1941 a 1945, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y de un día para otro, sin previo aviso, fueron testigos de cómo empezaron a caer bombas en sus pueblos o sus casas quedaron en cenizas, cómo tuvieron que huir sin saber adónde, cómo vieron partir a sus padres para nunca más volver o a sus mamás convertidas en cadáveres calcinados. Cómo pasaron hambrunas, alimentándose de yerbas, confinados en orfanatos, durmiendo entre tablones en pleno invierno, sin saber qué había pasado ni por qué.

Recuerdos de seres ya adultos mayores, que todavía tienen pesadillas o cuyos ojos se ven arrasados en lágrimas cuando relatan esas vivencias. Niños que en ese entonces tendrían cuatro, cinco, siete, diez años, que vivían en sus hogares modestos, pero con huerta y flores, con papá y mamá que les daban las buenas noches y un beso. Con abuelos divertidos y alcahuetes. Niños que estaban estrenando la vida en ese verano luminoso de 1941, ya en vacaciones, repletos de ilusión por meterse al río, dormir hasta tarde y jugar con sus amigos.

Svetlana no participa en la narración, escucha y escribe, como hizo con sus obras anteriores: Voces de Chernóbil, Los muchachos de zinc, La guerra no tiene rostro de mujer y El fin del “Homo sovieticus”. Libros que penetran como cuchillos afilados, como bisturíes o navajas, rompen el corazón, duelen y jamás se olvidan. Que se encargan de recordarnos los horrores de los que somos capaces los seres humanos cuando nos dejamos guiar por los instintos de poder, de odio, de venganza. Cuando permitimos a Tánatos ser el director de nuestras vidas, cuando demostramos sin un ápice de vergüenza la violencia, la crueldad, la sevicia que habita dentro de cada uno. Cuando soltamos el dique que represa los instintos más bajos y anegamos de horror lo que nos rodea.

Y el mundo sigue girando. Así lo viene haciendo hace millones de años, observando cómo todo fue evolucionando; cómo las larvas anfibias se fueron convirtiendo en simios, en Pithecanthropus, en Homo erectus, en Homo sapiens, en Homo ludens y poco a poco en depredadores de todo el universo; cómo se extinguen las especies para dar paso a otras; cómo antiguos océanos se convierten en cordilleras o valles; cómo los gigantescos dinosaurios se evaporaron; cómo los árboles continúan de pie y el mar mantiene su ritmo misterioso.

En estos momentos sigue girando, viendo cómo desde que nos convencimos de que éramos los reyes de la creación empezamos a matarnos unos a otros, a codiciar riquezas y poder, a exprimir la tierra sin consideración alguna, a envenenar el aire, a destruir bosques y especies, a llenar de venenos los ríos y los mares. Guerras y más guerras. Armas y más armas, destrucción, desolación, fosas comunes, huérfanos, desplazados, desaparecidos. Arcas llenas de dinero mal distribuido, hambrunas y riquezas vergonzosas, odio, odio, odio...

Hasta que un virus que no podemos ver ni tocar ni oír nos puso el tatequieto y nos mandó a encuevarnos. La Tierra se defiende. Está harta de que la irrespetemos, y si nos acabamos como especie, la especie más depredadora, creo que le haríamos un favor al universo y le daríamos la oportunidad a una nueva especie más amable de llegar al planeta. De todas formas, por más que vivamos, somos un instante en el cosmos. Un instante que nosotros, los humanos, no supimos aprovechar, y llenamos de lágrimas, de dolor, de devastación y muerte esa única oportunidad en esta Tierra...

Posdata. Nos iremos y el mundo seguirá girando. ¡Ojalá con una especie más decente!

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