Por: Weildler Guerra

El Museo de la Memoria

EL GOBIERNO NACIONAL Y EL DIS- trital han anunciado conjuntamente la creación en Bogotá de un Museo de la Memoria del Conflicto.

Esta obra se encuentra contemplada en la Ley de Víctimas y en los próximos años deberá construirse en un lugar privilegiado del centro de la ciudad, accesible tanto a los millones de ciudadanos que residen en ella como a los demás colombianos que la visitan. Experiencias similares se han concretado en otros lugares del continente, como el Museo del Holocausto en Washington o el Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos en Buenos Aires. El cumplimiento de este mandato se enmarca en principios reconocidos internacionalmente como es el deber de memoria de una sociedad. Usualmente funcionan en los procesos de transición de una sociedad desde un doloroso conflicto armado o un régimen autoritario hacia un nuevo orden; en contraste, en Colombia se iniciará sin haber culminado el actual proceso de paz.

La creación de estos museos, centros o lugares de memoria viene siempre acompañada de intensas controversias nacionales que involucran a sectores políticos y académicos. En el caso chileno, el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, creado en 2010, fue acusado de presentar una versión sesgada de la historia, de buscar convertir ésta en ideología. Algunos historiadores de ese país argumentaron también que estos lugares de memoria eran inconvenientes en la medida en que, al enfocarse en un tipo de acontecimiento singular, separaban éste del resto de la historia nacional. La oposición más abierta a estos espacios de memoria puede provenir de sectores interesados en mantener una política de olvido cimentada sobre una serie de lugares comunes. Los actos de inhumanidad tienden a ser presentados como sacrificios necesarios para “la salvación de la patria”, “la preservación de la democracia” o la defensa de un orden normativo que fue quebrantado de manera reiterada y expresa. De alguna manera el olvido pretende naturalizar la tortura, la desaparición, las violaciones de mujeres y trata de convertir las masacres de personas indefensas en batallas imaginarias. Otros actores, como los grupos insurgentes, justifican incontables actos de violencia en la búsqueda de un orden social más justo o en la defensa de los derechos de amplios sectores sociales que fueron con frecuencia sus víctimas más numerosas y accesibles. La memoria, como lo han dicho algunos pensadores, no consiste en simples relatos o interpretaciones particulares sino que se fundamenta en hechos que pueden ser comprobados objetivamente.

La exigencia de memoria tiene hoy un carácter ético universal. El llamado deber de memoria es asignado explícitamente al poder público. Según investigadores como Alfredo Gómez Muller, la exigencia de memoria planteada por las víctimas y la sociedad —que constituye la principal víctima— se afirma en la necesidad ética y política de una apropiación narrativa del pasado de inhumanidad. La creación de estos museos de memoria busca evitar que el olvido público de lo inhumano suprima el significado negativamente “ejemplar” de lo acontecido para prevenir en el futuro la repetición de los crímenes del pasado.

 

wilderguerragmail.com

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Weildler Guerra

El viacrucis de la Iglesia

Aquella Venezuela

De aves y sueños

Cocina y navegación

El drama que se repite