Por: Mauricio García Villegas

El narcotráfico se blanquea

HACE VEINTE AÑOS, CUANDO MATAron a Galán, yo estaba en Medellín, en el barrio Laureles, departiendo con unos amigos.

Recuerdo que nuestra primera reacción fue la de salir a la calle, en medio de la noche, como quien sale a ver una sociedad que está a punto de colapsar. Mucha gente pensó e hizo lo mismo y las calles se llenaron de gente atónita, que deambulaba sin rumbo, con la cara entre las manos y tratando de articular cuatro palabras que pudieran decir algo. Incluso antes de que mataran a Galán, ya todos estábamos desolados. El día anterior habían asesinado a Carlos Valencia, magistrado de la Corte Suprema, y ese mismo día, el director de la policía de Medellín, Valdemar Franklin Quintero, fue alcanzado por las balas. La lista de crímenes cometidos por la mafia en los años anteriores es interminable. En ella estaban el procurador Carlos Mauro Hoyos, el ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, el candidato a la presidencia Jaime Pardo Leal, el director del Comité de Derechos Humanos de Antioquia, Héctor Abad Gómez; el director del diario El Espectador, Guillermo Cano y cerca de quinientos militantes de la Unión Patriótica.

Veinte años después el país parece haber dejado atrás esta historia macabra. Ya no se ponen bombas en los aviones, ni se asesina a los candidatos que se lanzan a la presidencia. El cartel de Medellín y el de Cali fueron derrotados, sus capos están muertos o en la cárcel y nadie espera que la mafia tome represalias cuando uno de sus jefes es extraditado. En fin, la guerra contra el narcotráfico parece haber terminado y de aquellos carteles sólo parece quedar un reguero de criminales de barrio.

¿Significa esto que Galán y sus ideas han prevalecido y que el país logró derrotar o por lo menos contener a la mafia? No lo creo. Ni el Estado, ni mucho menos la sociedad, han ganado esta guerra.

Sobre el Estado no tengo qué decir mucho. Basta ver los escándalos recientes de la parapolítica para comprobar que algunas de sus instituciones, más que asediadas, están siendo capturadas. ¿O hay alguna otra manera de calificar, por ejemplo, lo que ha sucedido con el DAS?

En cuanto a la sociedad, creo que le ha ido tan mal o peor que al Estado. Hágase usted esta pregunta: si Galán hubiese nacido veinte años después de la fecha en que nació y estuviera hoy haciendo política con sus ideas de siempre, ¿cree usted que tendría la misma acogida que tuvo antes? Me temo que no. Hoy en día el narcotráfico se tolera o se justifica en una buena parte de la sociedad colombiana. Sin la amenaza cotidiana de las bombas y sin los asesinatos recurrentes de notoriedades públicas, la sociedad ha aprendido a convivir con el resto de las manifestaciones delictivas de los narcos: con la corrupción generalizada, con los políticos mafiosos, con el despojo de tierras a los campesinos, con el desplazamiento forzado, con los crímenes de líderes populares.

Peor aún, el hecho de que buena parte de los éxitos recientes en la guerra contra las Farc se hayan logrado con la ayuda del narcotráfico —versión paramilitar— ha convertido la tolerancia de estos males en aceptación casi manifiesta. La derrota narca de la guerrilla ha blanqueado, más que nada, aquella parte del narcotráfico que menos se ve: la contrarreforma agraria y sus víctimas, los campesinos pobres. El horror es hoy distinto —menos visible—, pero sigue siendo horror. Estoy seguro de que Galán habría puesto el grito en el cielo por eso.

*Profesor de la Universidad Nacional e investigador de Dejusticia.

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