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hace 4 horas
Por: Juan David Ochoa

El naufragio

Se ahondan las dilaciones en La Habana.

El silencio hermético y la urgencia del pacto previo al fin del cuatrienio de Santos, sin el avance del segundo punto de los cinco posibles, sin el progreso de una mutua confianza y sin coordinación en los informes cíclicos, desvelan la fragilidad y las sombras de un proceso que aspira a concretar un acuerdo total sobre una historia nula y solo confirmada por la sangre.

Pese al lodo del estancamiento, sigue siendo el diálogo el único método eficaz, el único recurso, la única elección acorde al tiempo, y pese a las trascendencias de esta urgencia, es natural y entendible el desplome de las esperanzas frente a los avances de una mesa que en la historia lleva siempre el lastre del Caguán, el circo sin nombre que elevó la dimensión del pesimismo.

Una razón existe para suponer el porqué de las dilaciones y la dificultad de los acuerdos. Quienes dialogan no parecen ser los bloques reales e históricos del conflicto: guerrilla y estado, sino los pretenciosos caprichos de las Farc y la visión ególatra y limitada de un gobierno  transitorio. Esa leve disyuntiva es abismal, y es uno de los síntomas de la discordia. Es el gobierno de Santos quien debe interpretarse en la representación del establecimiento, responsable de las atrocidades que engendraron las células de la venganza. Y son las Farc, quienes ancladas al tiempo, deben suponer también que las imposiciones drásticas de su ideal desbaratado  por los fallidos experimentos del comunismo no tendrán eco en los consensos. Sin embargo, los más díscolos y radicales de los bloques siguen lanzando discursos subjetivos. Juan Carlos Pinzón, el levantisco ministro de defensa, sigue concibiendo a las Farc como a una turba de bandidos sin historia y sin explicación. Y el cínico Jesús Santrich, sigue concibiendo a las víctimas como a una masa lastimera y terciaria en las escalas de la guerra. Los discursos siguen teniendo el enceguecimiento del desprecio irracional aunque el proceso sugiera el reconocimiento mutuo de las razones y las causas.

Ahora se acerca la fecha electoral, y la presión inyecta otro nivel de zozobra. Los giros, entonces, empiezan a extenderse a los radicalismos: o la suspensión indefinida de los diálogos o el cese del fuego. O el desplome total o la firma de todos los acuerdos. Pero todo apunta al aprovechamiento de la misma fecha electoral para aplazar los intereses. Y es aquí cuando la historia vuelve a repetirse, a conspirar con las campañas que utilizan los conflictos como llaves maestras.

Tanto habla la historia en círculos, que las memorias de Alberto lleras Camargo, en un fragmento sobre los reductos de la guerra de los mil días, siguen hablando con tanta vigencia que pueden incluso concluir “En este ambiente feudal tampoco se podía hacer política, sin guerra. En realidad solo la guerra creaba prestigio nacional, y por consiguiente, oportunidades para las elecciones al congreso, a la presidencia, a los nombramientos para el ministerio de la diplomacia.... Es probable que las estructuras mismas de esta sociedad paupérrima fueran las causas de la guerra”.

No es nada honroso para un país que unas memorias escritas a mediados del siglo anterior, definan, con tanta exactitud, la misma desgracia.

 

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