Por: Fabio Echeverri Correa

El negocio no lo tienen para la venta

EXISTE DE TIEMPO ATRÁS UNA gran empresa colombiana, igual o más grande que cualquiera de las cinco más grandes transnacionales del mundo. A lo largo de los últimos años ha logrado desarrollar la mayor red de distribución mundial que llega a todos los estratos económicos y sociales del universo, porque lo que ofrece en venta lo consumen desesperadamente los de menores y los de mayores posiciones económicas y sociales. Delincuentes, comerciantes, empresarios, hombres, mujeres, jóvenes, mayores y viejos de la más baja o más alta alcurnia son su clientela asegurada. Los unos gastan y los otros delinquen para poder gastar.

Esta actividad cuenta con algunos enemigos pero tiene una cadena fuerte de defensores solidarios. Su clientela no requiere de propaganda, ni son necesarias prácticas de  publicidad o mercadeo. La conforman adictos fijos y leales que hacen hasta lo indescriptible por adquirir su vicio.

Se trata del negocio de la cocaína, primera actividad de las Farc que les permite comprar conciencias, armamento, municiones, minas quiebra patas, químicos precursores, uniformes, medios de transporte y comida para alimentar a 30 o  40 mil milicianos y a mil o 4 mil secuestrados que mantienen en regulares condiciones, porque son estratégicamente necesarios ya que conforman los escudos humanos de protección contra la obligación constitucional del Estado colombiano de proteger a los ciudadanos de bien a través de sus Fuerzas Armadas. Estos escudos tampoco están para la venta, ni se pueden dar el lujo de negociarlos porque pierden seguridad.

Las Farc no han pensado jamás en vender este negocio, nunca ha estado, no está y no va a estar para la venta. Pero si algún día decidieran venderlo, Colombia no tendría con qué comprarles el negocio. Cualquier valoración que hagan especialistas en el tema daría unas cifras tan increíbles que están fuera de cualquier posibilidad.

El negocio lo cambiarían, solamente, por la toma dictatorial y totalitaria del Estado colombiano, para manejarlo, dirigirlo y regentarlo como el mayor Estado coquero del mundo en el cual ellos, y solamente ellos, dirían qué se puede hacer y qué no; pero el miedo, el temor, el terror y la barbarie, serían las herramientas de gobernabilidad que lo mantendrían firme y permanente, tal como ya lo demostraron en el Caguán. El que tenga dudas que pregunte a los campesinos de las regiones más pobres de Colombia si la guerrilla se llevó voluntariamente a sus hijos e hijas y a los finqueros, viejos de tener propiedades en la región del Caguán, que cuenten qué les pasó, cómo vivieron, cuánto perdieron y quién les reconoció sus pérdidas, deterioros o desalojos. Todo a la brava y con terror.

La solidaridad internacional para comprar ese negocio, si es que lo vendieran algún día, no vendrá nunca, porque los dueños de las Farc tienen grandes socios, reconocidos los unos y ocultos los otros; lavadores, financistas, delincuentes internacionales, banqueros, políticos, viciosos, adictos, aduaneros, policías, abogados, jueces, promotores, en fin, una vasta red de gentes que en el mundo entero se han hecho muy ricos, poderosos algunos, sin que hubieran podido lograr lo mismo en otras actividades.

El negocio no ha estado, no está, y no va a estar para la venta. Los inteligentes que han pensado en acuerdos humanitarios, diálogos, mediaciones de representantes de la sociedad civil, etc., han sido buenos y generosos, pero no pasan de ser ilusos respetables, cuando no idiotas útiles.

 

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