Por: Julio César Londoño

El negrísimo agujero de Hawking

Hace 25 años Stephen Hawking publicó Breve historia del tiempo, un libro de divulgación cuyos primeros capítulos eran masticables: Ptolomeo, Copérnico, Galileo, Kepler, Newton... pero el resto era impenetrable, como toda la ciencia dura que se ha hecho desde principios del siglo pasado: agujeros negros, conos de luz, gravedad cuántica (¡?), teoría de las supercuerdas...

Con todo, el libro se vendió como el pan por su atractivo título y porque venía firmado por una especie de androide al que algunos físicos consideraban más alto que Newton, Einstein y Jehová juntos. Dos años después había sido traducido a más de 20 lenguas y era ilegible en todas ellas. Pero siguió vendiéndose durante varios años hasta convertirse en el mayor long seller de divulgación de la historia.

(Hoy, la dimensión real de Hawking está en entredicho. Es verdad que su teoría de la “gravedad cuántica” puede desbrozar el camino de la teoría del todo, y que cualquier físico mataría por los teoremas de la singularidad que Hawking desarrolló con Roger Penrose. Pero también es cierto que todo esto pertenece por ahora al reino de la especulación, hecho que explica por qué la cauta Academia de Ciencias de Suecia no le ha otorgado el Premio Nobel a Hawking, distinción reservada para “descubrimientos de gran trascendencia en el campo científico, que estén suficientemente probados”).

La verdad fue que millones de personas quedaron con la piedra de tener la clave del universo en sus manos... ¡y no entender ni jota! Entonces el editor de Hawking se compadeció de esa frustrada multitud y resolvió hacer una versión más sencilla, un libro de divulgación-divulgación. Así fue que en 2005 salió Brevísima historia del tiempo, un libro sospechoso porque la portada está firmada por Leonard Mlodinov y la contraportada por Stephen Hawking. ¿Quién escribió el libro? Ninguno de los dos. El estilo es tan desmañado que parece de Hawking solito, pero no se ve por ninguna parte la garra del célebre astrofísico, ni sus ironías heréticas, ni su flemático sarcasmo. Es una prosita de enciclopedia apenas matizada con un barniz demasiado cool.

Y mucho menos puede ser de Mlodinov, un físico de Caltech que escribe casi tan bien como François Jacob, el médico que escribía un poco mejor que Proust (Mlodinov ha escrito, entre otras cosas, El arco iris de Feynman, un ensayo literario sobre la creatividad; La ventana de Euclides, una historia poética de la geometría, y los guiones de MacGyver, La guerra de las galaxias y Viaje a las estrellas: la nueva generación).

Yo creo que la retorcida mente del editor siguió este curso: los lectores estaban saturados de Hawking (había publicado siete títulos después de Breve historia del tiempo, y se habían escrito varias biografías y miles de artículos de prensa sobre el hombre que se había convertido, por su talento y su aspecto, en un ícono de la ciencia moderna, una criatura mitad carne, mitad silicio, un robot con alma y genio). Entonces resolvió poner sólo a Mlodinov en la tapa.

Confiado, les pagó 15 millones de dólares de anticipo a sus ilustres testaferros e imprimió, para comenzar, 900.000 ejemplares en la edición inglesa. Pero el libro resultó un fiasco: no tenía las primicias de Breve historia del tiempo ni sus audaces especulaciones, y tampoco, ay, la prosa mágica de Mlodinov.

Al fracaso en el mercado anglosajón, siguió el de la edición española. En España, México y Buenos Aires, el libro chupó polvo en los anaqueles de las librerías. Luego la editorial Crítica regó varios containers del engendro en Guatemala, Colombia, Venezuela y Perú... y nada. Aún se ven por ahí ejemplares a precio de saldo. ¡No lo toque, es un agujero negrísimo!

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