Por: Julio César Londoño

El nivel cero del ruido

La humanidad puede dividirse en dos: los que odian el silencio y los que no pueden vivir sin él.

Los que lo aman han identificado y medido los lugares más silenciosos de la tierra. El primer lugar lo ocupa la Caldera de Taburiente, una depresión en Canarias, en la isla de Palma, donde los sonidos fluctuantes del área jamás pasan de 12 decibeles (un poco más alto que el sonido de la respiración tranquila). El segundo está en la zona más árida del mundo, el corazón del desierto de Atacama en Chile, idéntico a la superficie de Marte, dicen. Cuando no hay vientos, se puede disfrutar allí de un silencio francamente extraterrestre. El tercer lugar es Monteverde en Costa Rica, un parque natural aislado del mundo por círculos concéntricos de árboles de 40 metros de altura y troncos de hasta ocho metros de diámetro y varias toneladas de peso, tapizados con cortinas de helechos prehistóricos que absorben casi por completo cualquier vibración del aire.

Si usted busca algo más silente, lo puede encontrar en los laboratorios Orfield en Minnesota, donde crearon un engendro que no se le ocurrió ni a Ray Bradbury, la «cámara anecoica». Es un sistema cerrado de absorción de sonido, hecho de acero y fibra de vidrio y revestido interiormente con una superficie de tabiques piramidales resortados (semejante a los panales de huevos de los estudios pobres) que absorbe hasta un 99 % de los ruidos del recinto. Es la mejor aproximación lograda hasta ahora al «grado cero del sonido». Un lugar endemoniado donde no existe la reverberación. La cámara de antisonido.

El uso no controlado de estas cámaras es peligroso porque, explican los neurólogos, la carencia total de ondas sonoras produce una tensión en las aéreas cerebrales de la audición que, al expandirse luego corticalmente, puede causar desórdenes nerviosos severos. El silencio prolongado es una experiencia angustiosa, asfixiante, como estar en medio de una oscuridad absoluta.

Existe otro lugar «congelado» en el mundo, el laboratorio de nanotecnología de la IBM en Zurich. Sus ingenios son tan pequeños, que la más mínima vibración causada por una ondulación sonora afecta su producción (como nadie ignora, el sonido es vibración de algo: madera, metal, cuerdas, membranas o columnas de aire, como en las flautas).

En las antípodas de los amantes del silencio están las personas que no lo soportan. Siempre deben tener algo sonando cerca. Un radio, un televisor, un pájaro, un prójimo. Padecen «horror al vacío». No pueden ver un espacio libre porque de inmediato ponen allí una mata, un cuadro, una cenefa, una viñeta. Algo.

En la radio, tres segundos de silencio son una eternidad. Un bache. En las reuniones sociales el silencio es supremamente embarazoso.

Sin embargo, sin silencios precisos todo es caos. Sin pausas, todo es barullo. La música es inseparable del ritmo, una sucesión de sonidos separados por silencios simétricos. El cine es una proyección de diapositivas separadas por pantallas negras. La poesía es la búsqueda de un equilibrio imposible entre lo que se dice y lo que se calla, lo que el lector debe adivinar. Entre plato y plato, el gourmand lava sus papilas con pan, vino o cítricos frapeados. El perfumista «resetea» sus mucosas inhalando café. El fotógrafo encuadra, es decir, privilegia un fragmento del mundo y «silencia» el resto.

En la secta pitagórica el silencio era esencial. El túnel que llevaba a la trascendencia metafísica. El aspirante debía superar una larga prueba de silencio que lo preparaba para el magisterio de la palabra exacta (sin «ruidos», decimos hoy). El asunto era clave en el círculo porque «las palabras son vientos del alma», decían.

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2019-01-12T00:00:56-05:00

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