Por: Santiago Montenegro

El Nobel colombiano

EN MEDIO DE LA INCERTIDUMBRE que se percibe por el futuro del país, de tanto escándalo, de las disputas con los países vecinos, de las controversias y los excesos mediáticos de políticos, actores, reinas y futbolistas se reciben como un baño rejuvenecedor y estimulante los premios a los mejores trabajos de investigación científica que otorga anualmente la fundación Alejandro Ángel Escobar (AAE).

Este año, en la categoría de ciencias físicas y exactas, el premio correspondió a Marlene Jiménez del Río y a Carlos Vélez Pardo, investigadores y profesores asociados de la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, por un trabajo que contribuye al entendimiento de los mecanismos moleculares y genéticos que explican el deterioro neuronal en las enfermedades de Parkinson y Alzheimer, además de proponer estrategias terapéuticas para detener o retardar dicho deterioro.

En la categoría de ciencias sociales y humanas, el premio fue para Carl Langebaek, actual decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, por una investigación de diez años en archivos de Colombia, Venezuela y los Estados Unidos sobre las ideas que los criollos fueron desarrollando sobre los indígenas a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Langebaek concluye que el “indígena” no ha sido invisible y que ha permeado buena parte del pensamiento criollo y ha sido referente obligado para pensar las relaciones sociales y políticas, la naturaleza, el extranjero y la posibilidad de realización autóctona. En la categoría de medio ambiente y desarrollo sostenible el premio fue para Juan Camilo Cárdenas, profesor e investigador del Cede de la Universidad de los Andes, por una investigación que concluye que las comunidades locales construyen soluciones de cooperación para el manejo de sus ecosistemas, pero que factores como los niveles de desigualdad, los problemas de la regulación, las asimetrías entre los actores, entre otros, pueden impedir o deteriorar dicha cooperación. Según Cárdenas, para diseñar políticas ambientales adecuadas hay que entender a nivel micro estos comportamientos de las comunidades locales. Al argumentar que, en situaciones de pobreza y dificultades, los actores locales están dispuestos a cooperar para mejorar su situación, el estudio desafía el paradigma ortodoxo basado en el supuesto de la racionalidad económica individual. Además de los premios, la fundación AAE también concede menciones de honor entre las cuales quiero resaltar la otorgada a Ana María Ibáñez, actual directora del Cede de Uniandes, por su trabajo sobre el desplazamiento forzoso desde una perspectiva económica, en la que la autora ha realizado el análisis cuantitativo más riguroso hasta ahora ejecutado sobre este fenómeno, calculando pérdidas y costos para los individuos, familias y la población. Reconociendo el esfuerzo que se ha hecho desde el Estado, Ibáñez argumenta que las políticas actuales no han ido más allá de lo asistencial y los desplazados han entrado a formar parte de la informalidad y a competir con los más pobres y vulnerables, pues en las ciudades no ganan ni siquiera la mitad del ingreso que obtenían cuando labraban la tierra. Las mentes brillantes que han sido galardonadas son como rayos de luz en este enrarecido ambiente que vivimos y nos hacen pensar que, con colombianos así, nuestro país podrá solucionar algún día sus más apremiantes problemas. Como sucede en el Reino Unido o en los Estados Unidos, además de honrarlos, quizás algún día nuestros científicos sean invitados a las comisiones del Congreso y a los comités del alto Gobierno para que iluminen las grandes decisiones de política. Se lo merecen ellos y Colombia los necesita.

 

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