Por: J. D. Torres Duarte
Costas extrañas

El Nobel que ensombreció a los escritores colombianos

Treinta y siete años atrás, García Márquez recibió el Nobel y todavía se escucha la queja, intermitente pero intensa, de que su triunfo eclipsó a generaciones enteras de escritores colombianos. Parece que la sociedad literaria —pequeña y, por supuesto, elitista— está dispuesta a soportar su popularidad sólo bajo la condición de que le corresponda una porción, merecida o no, de su éxito.

Se trata, en principio, de la incapacidad para convivir con la gloria cuando lo habitual es el fracaso. Si un hambriento recibe de repente un banquete, es natural que su reacción sea eufórica, apasionada, incluso carnavalesca. Así sucedió cuando García Márquez ganó el Nobel: hubo fiesta nacional, los autos pitaron en celebración y la ovación internacional se vivió como cualquier perdedor vive sus victorias infrecuentes, al borde del desmayo.

Se dirá que el Nobel es un motivo suficiente para celebrar hasta el cansancio. Pero no sucede igual cuando, por ejemplo, un escritor francés lo gana. Con Patrick Modiano, los festejos fueron menores: una rueda de prensa, las felicitaciones de las principales publicaciones literarias, algunas entrevistas. El país no se sintió revolcado de golpe por una fuerza descomunal. Qué más da otro Nobel francés.

Pese a que García Márquez era ya una celebridad cuando recibió el llamado matutino de la Academia Sueca, su nombre terminó catapultado en una esfera mítica y de paso modificó la noción nacional de éxito literario. Si lo que se requería para igualar su figura era ganar un Nobel, ¿quién tenía el currículo necesario? Quizás nadie. ¿Algún colombiano, de hecho, volvería a ganarlo? Quizás no. El hecho de que fuera un escritor colombiano podía atraer la atención sobre la literatura nacional, pero, al mismo tiempo, podía suponer una maldición al centrar todo su entusiasmo en él.

El dilema es inquietante sólo para un escritor que ignora para qué escribe. Si su único deseo es formular una visión personal o escribir tan bien como pueda, la figura colosal de García Márquez tendrá importancia en la medida en que influya o no su trabajo. García Márquez será, como cualquier otro escritor, una herramienta ilustrativa. Por el contrario, si escribe en busca de una fama titánica y espera que en el futuro los ministros plenipotenciarios del mundo entero lo consulten para decisiones implacables mientras los ciudadanos lo celebran como a un semidios, García Márquez será un obstáculo estorboso cuyo embrujo literario tendrá la apariencia de un veneno.

Si la literatura nacional siente que respira con dificultad tras el ascenso de García Márquez, se debe sobre todo a sus conflictos internos y a su incapacidad para resolverlos. Es ridículo esperar, por ejemplo, que un francés se sienta apabullado o eclipsado por Victor Hugo, Molière, Balzac, Diderot, Beckett o Flaubert. ¿Los escritores españoles deberían rendirse ante Cervantes, Quevedo y Garcilaso? Pobres poetas polacos: deben tolerar la presencia de Szymborska, Milosz y Herbert. La dificultad se disipa por completo cuando uno descubre que la tradición literaria está dispuesta, ante todo, para ser modificada, perturbada o recreada. Para discutir con ella.

El drama alcanza fronteras absurdas cuando la presencia de García Márquez se convierte en una justificación para el bloqueo literario, para la página en blanco, para la falta de imaginación. Queda la falsa impresión de que García Márquez fatigó todos los caminos y de que su mérito fue abrir todas las puertas de la casa para luego cerrarlas sin compasión. De nuevo, es ridículo: García Márquez es apenas —pese a toda su grandeza— una forma de ver entre muchas, y una forma con sus propias variaciones —el García Márquez de El otoño del patriarca no es el mismo de El coronel no tiene quien le escriba—. Suponer que el universo de la literatura, al menos de la literatura que podría escribir un colombiano, empieza y acaba en él sólo demuestra la amplitud de nuestra pequeñez.

Para hacer menos penosa su existencia, los escritores colombianos deberían abordar a García Márquez como él mismo aconsejaba abordar a los grandes: “Para escribir —dice en Cómo se cuenta un cuento— uno tiene que estar convencido de que es mejor que Cervantes; si no, uno acaba siendo peor de lo que en realidad es”.

CODA

Peter Handke ganó el Nobel de Literatura de este año y, por sus posiciones sobre las guerras yugoslavas, decenas de columnistas han reprochado su distinción e incluso algunos han pedido que le retiren el premio. Estaría bien recordarles que la literatura no es el reflejo de cuatro o cinco ideas políticas y que, además, no está supeditada ni limitada a la política. Así como el Nobel a García Márquez no validó las barbaridades que cometió Fidel Castro, uno de sus mejores amigos y a quien acompañó desde siempre, el premio a Handke no avala tampoco las actuaciones cavernícolas de Miloševic. Se premia su literatura (y sí: es posible que la obra esté separada de su autor, que tome formas distintas a él; de hecho, ésa es una de las esencias de la ficción: aislarse de sí mismo).

886211

2019-10-16T00:00:30-05:00

column

2019-10-16T04:01:41-05:00

jrincon_1275

none

El Nobel que ensombreció a los escritores colombianos

54

5323

5377

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de J. D. Torres Duarte

Así se somete a alguien sin mover ni un dedo

Así aprendí a leer mil páginas en una hora

Notas sobre el amor desquiciado

Cartas de reprobación a clásicos literarios