Por: Tomas Eloy Martínez

El novelista de Hitler

TAL VEZ EL MEJOR VEHÍCULO PARA entender los delirios del poder autoritario sean las ficciones que nacen al amparo de los dictadores o de sus cómplices letrados.

La Francia ocupada de Pierre Laval y del mariscal Pétain tuvo en Pierre Drieu la Rochelle a un predicador sincero de sus glorias racistas.

El ínfimo dictador de Argentina, gen. José Félix Uriburu (1930-1932), desdeñó el apoyo espontáneo de otro poeta grande, Leopoldo Lugones.

Adolf Hitler y Joseph Goebbels confiaron su posteridad a la arquitectura y el cine. El arquitecto Albert Speer y la épica cineasta Leni Riefenstahl no los defraudaron. Ambos eran heraldos de la belleza aria y sus obras exponen el credo de la superioridad racial.

Aunque Hitler contaba también con la servidumbre de un músico de genio, Richard Strauss, necesitaba un narrador que lo glorificara. Ninguno lo satisfizo hasta que leyó algunos cuentos del escritor Hanns Heinz Ewers.

Hanns Ewers fue un escritor olvidado durante muchos años. Todavía lo es, aunque algunos editores europeos empiezan a rescatarlo, al amparo de ese frenesí arqueológico que ahora sirve para desempolvar tanto a viejos servidores del fascismo como a creadores censurados por la paranoia de Josef Stalin o perdidos en las ruinas del viejo imperio austro-húngaro.

Ewers dejó de escribir hace ya 70 años y murió cinco años después, el 12 de junio de 1943. Su resurrección actual no se entendería si las ficciones que compuso no ayudaran a descifrar la misteriosa entrega de Alemania en los brazos del nazismo y la fascinación que el mal sigue ejerciendo sobre artistas mayúsculos como el pintor irlandés Francis Bacon, los estadounidenses Diane Arbus, fotógrafa, y el novelista Philip Roth, ya no para confundirse con él sino para exorcizarlo.

Ewers perteneció a esa raza de idealistas enfermos que creyeron en la razón de los fuertes y en la salvación nacida de la espada. Como el escritor francés Louis-Ferdinand Céline, fue también un apátrida: se llamó a sí mismo “ciudadano del mundo” y vivió en casi todas las latitudes. Desde que nació, el 3 de noviembre de 1871, paseó por las tres Américas, Asia y las islas del Pacífico.

Entre 1903 y 1904 logró conservar una casa y una biblioteca en Capri, donde compuso los cuentos de Das Grauen (Lo Horroroso). Entre 1916 y 1918 vagó, nervioso, por Iquitos y Belo Horizonte, a la espera de que lo repatriaran. La derrota de Alemania en la Gran Guerra lo sorprendió mientras regresaba en un barco de carga. Desde entonces empezó a segregar un delirante orgullo patriótico que lo arrastró al nazismo.

Sus biógrafos admiten dos explicaciones para el fanatismo de Ewers: en 1923, el Partido Nacional-Socialista —todavía embrionario— imaginó un programa que parecía saciar todos los sueños de reivindicación patriótica alimentados por el escritor; luego, a fines de la década, el Orden Negro de Hitler y el renacimiento del paganismo alemán expresaron a la perfección la filosofía esotérica en la que Ewers había creído y sobre la que, por otra parte, estaban basadas sus dos obras maestras: Alraune (La Mandrágora, 1910), y Der Zauberlehrling (El aprendiz de brujo, 1911).

La Mandrágora refiere una historia que finge ser inofensiva. Sucede en una comunidad de intelectuales burgueses, universitarios, abogados y médicos que aman el vino, las palabras y los duelos. Debajo del aburrimiento, el mal asume sus más astutas formas, aun las de la ingenuidad. La intriga es precaria, casi inexistente. El profesor Bronken, investigador científico que sacrifica a niños en sus experimentos, es persuadido por su sobrino Frank Braun de crear una criatura infernal. Consiste en inyectar en los genitales de una “prostituta vocacional” la esperma de un condenado a muerte.

De la fecundación nace una hembra maligna, la Mandrágora, que ya en el parto destroza las vísceras de la madre. Ese es su primer crimen. Adoptada por el viejo Bronken, quien se enriquece gracias a los consejos de su pupila, la satánica niña va convirtiéndose en una mujer de encantos letales. Los que se enamoran de Mandrágora sucumben. La excepción es Frank Braun, quien logra seducirla y provocar su muerte. Una noche de luna llena, en un acceso de sonambulismo, Mandrágora se desploma desde un tejado invocando a Frank.

Contar sólo la intriga de esta novela es traicionarla, porque pone al descubierto la ingenuidad y la torpeza del narrador, mientras escamotea sus lujos verbales y la eficacia con que cristaliza la atmósfera de cada situación en una sola frase perfecta.

Cuando Hitler tomó el poder, Ewers creyó que la Alemania mitológica de Sigfrido y del Walhalla había llegado finalmente. Si bien no se afilió al Partido Nazi, participó en los desfiles de antorchas de los SA (Sturmabteilung: Tropa de Asalto) y en las fiestas paganas de su caudillo Ernst Röhm.

El 3 de noviembre de 1933 lo invitaron a la residencia oficial de Berghof, en los Alpes bávaros. Faltaban siete meses para la desenfrenada matanza que acabó con Röhm y con las SA, la célebre “noche de los cuchillos largos”.

El arquitecto Speer ha escrito que “Hitler sentía por Ewers una sincera amistad... Sus relatos impregnados de sangre y de tinieblas ejercían una atracción intensa sobre el espíritu atormentado del Führer”.

El escritor recibió en el Berghof la consigna de crear un modelo para los SA y para la juventud alemana. En los archivos de los diarios berlineses descubrió a Horst Wessel, un rufián que había organizado en 1925 las fuerzas de choque nazis y que un año más tarde fue abatido en un combate callejero con los comunistas.

No era un mártir convincente, pero Ewers no se arredró. Escribió una apasionada biografía que se publicó en 1933 con éxito clamoroso. Goebbels ordenó de inmediato una adaptación cinematográfica. Pero casi todos los nazis venerados en ese libro cayeron asesinados en la purga de los SA. Cuando Hitler y Goebbels asistieron a una proyección privada de Horst Wessel adujeron que sus falsedades históricas eran “intolerables” y lo vetaron. Desde entonces, el nombre de Ewers se convirtió en peste.

A partir de 1935, todas las obras de Ewers fueron prohibidas en el Reich, con excepción de Jinetes, pero aun ésta era de venta limitada. A comienzos de 1936 también se le impidió salir de su refugio bávaro. Para un viajero como Ewers, la inmovilidad equivalía a la muerte. La tuberculosis lo abatió en 1943.

Kurt Desch, su editor, ordenó que sobre la tumba se inscribiera la última frase de La Mandrágora, en la cual cabe entero el destino de Ewers: “Quiero entrar en mí. Me espera mi madre”.

 

* Novelista y periodista argentino.

 

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