Por: Eduardo Barajas Sandoval

El nuevo camino de Damasco

El destino de Irán puede estar encadenado al de Siria, como lo está el del rescatista al del náufrago que quiere salvar.

La apuesta estratégica de manifestarse abiertamente en favor del Presidente Assad, anfitrión de Hezbolah, deja al gobierno de Teherán en una condición de debilidad y le obliga, curiosamente, a jugar en favor de uno de los regímenes más longevos, además de hereditario, del mundo árabe. Con lo cual resulta oponiéndose a un proceso histórico de renovación que es difícil de atajar. Y que se ha manifestado ya como altamente contagioso. Tal vez Teherán considere menos arriesgado defender a su amigo que dejarlo caer sin haber hecho el intento de salvarlo. Pero termina por favorecer, aunque no lo quisiera, a su archienemigo, Israel.


Por primera vez, desde la revolución de 1979, en los días siguientes a la caída de Josni Mubarak, Irán envió navíos de guerra a través del Canal del Suez, con destino al puerto sirio de Lataka, con lo cual regresaron los persas al Mediterráneo, que ha sido por miles de años un mar en el que se juegan aventuras de las que no siempre han salido bien librados. Como ya lo sabemos según el recuento de sus históricas derrotas a manos de los griegos, que evitaron su avance y con ello lo que habría sido un destino muy distinto para el mundo occidental.


El hecho pasó inadvertido para muchos. No así para el nuevo liderazgo egipcio, en formación y a prueba en cuanto a la forma de cumplir sus compromisos internacionales, y naturalmente para Israel, obligado a seguir con sumo cuidado los movimientos de un Estado, como el, iraní, que niega su existencia y quiere verlo desaparecer del mapa. Ambos recibieron el mensaje claramente y se aprestaron, los unos a dar paso y seguir el tema con atención, y los otros a detener la ayuda que, por ese camino llegaría a Hezbolah, y también para Hamás, en la Franja de Gaza.


Por temeraria que sea, la apuesta de Admadinejad de alguna manera resulta también explicable y también casi que inevitable, desde su punto de vista. Porque habiendo sido el padrino de Hezbolah, justamente por intermedio de Siria, mal podría dejar que el gobierno de la familia Assad colapsara sin pena ni gloria. Y sin haber hecho esfuerzo alguno para salvarlo, dejando además en el abandono la estructura montada desde hace años justamente a través de los moviminentos anti israelíes que insiste en patrocinar.


La jugada estratégica lleva además una carga de naturaleza religiosa dentro del mundo musulmán, porque constituye apoyo a la versión iraní de la docgrina islámica, que se ve naturalmente agitada ante una ola de transformaciones que no tiene por epicentro disputas religiosas sino problemas de índole económica y humana que cada vez reconocen menos barreras y dejan a los militantes religiosos, y particularmente a los radicales, fuera de lugar. O mejor sin un oficio creíble por hacer.


Para desencanto de los iraníes, su movida se convierte, como suele suceder, en alimento de la causa de los israelíes, que no pierden, ni pueden perder la oportunidad, de ejercer su derecho elemental a la supervivencia y a encontrar cada vez más y mejores argumentos para reclamar la solidaridad del mundo occidental y de tantas personas sensatas que, partidarias o no del gobierno de turno, no cuestionan la realidad contundente de la existencia del Estado de Israel y mal pueden vincularase a la aventura de proclamar su destrucción.


Queda entonces para Irán el arreglo de sus cuentas internas. Es decir lo que son sus propias contradicciones y disputas al interior de sus procesos políticos. Donde, a una u otra velocidad, sigue creciendo un movimiento de búsqueda de alternativas que conduzcan a una política más realista y a un esquema de relaciones internacionales que no lo obligue a correr tantos riesgos internos e internacionales como los que conllevan las últimas jugadas del régimen. Que debe reconocer las dificultades y sinsabores que justo ahora le urde traer el nuevo camino de Damasco.

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