El nuevo (des)orden mundial

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Es pendenciero, mentiroso y errático, y sin embargo tiene toda la razón: el enemigo es China.

Detrás de la impulsiva y peligrosa política internacional de Donald Trump, hay la decisión de desmontar el orden geopolítico que se creó al final de la II Guerra Mundial y que en efecto había perdido su razón de ser con la caída de la Unión Soviética. Los tres antecesores de Trump —Clinton, Bush y Obama—, así como la mayoría de los demócratas y de los republicanos, han mantenido sin embargo la idea de Rusia como el enemigo prioritario.

Rusia es apenas un poder regional, que bajo Putin está tratando de recuperar espacio hacia el occidente (Ucrania) y Oriente Medio, donde choca por supuesto con Estados Unidos y sus socios europeos. Pero la base del orden mundial no puede ser ya la defensa de Europa contra Rusia por cuenta de Estados Unidos: por eso la OTAN está en crisis, y por eso los constantes desencuentros entre Trump, Macron, Merkel, Trudeau y demás defensores del “internacionalismo liberal”.

La bandera de Trump es justamente la contraria: “nacionalismo conservador”, los Estados Unidos en defensa exclusiva de sus propios intereses y definiendo unas nuevas prioridades. Por eso la extraña mezcla de desplantes hacia los aliados (Europa, Canadá, Japón), acercamientos a enemigos regionales (Rusia, Corea del Norte) y escalamiento de tensiones con otros enemigos regionales (Irán… Venezuela), al mismo tiempo que el eje se desplaza hacia el único país capaz de desafiarlos como poder mundial en el siglo XXI: China.

También por eso el revuelto de bravatas, abrazos con dictadores, misiles inocuos (Siria), asesinatos desde el aire (Irán), retiro de tropas, envío de otras tropas, sanciones económicas, guerras comerciales, desuso de las vías diplomáticas y acuerdos que Trump presenta como victorias para sus votantes —aunque no lo sean tanto—.

Esta misma semana fue el acuerdo comercial entre China y Estados Unidos, que tranquiliza sin duda a los mercados, pero es solo una tregua que no arregla el problema. El éxito económico de China se basa en gigantescas inversiones y subsidios del Estado a industrias o sectores estratégicos, y el “equilibrio” que Estados Unidos reclama y necesita implicaría desmontar ese modelo.

Pero China no es todavía la potencia mundial que todos avizoran, así que Estados Unidos está pasando de un enemigo que ya no existe a un enemigo que todavía no existe plenamente. Esta es la paradoja y la confusión que creo estamos viviendo y seguiremos viviendo durante años.

¿Será que Estados Unidos logra deshacerse de sus compromisos en Europa y Medio Oriente —puesto que ya no necesita del petróleo—, para enfocarse en la carrera económica y eventualmente militar con China? ¿Será que Trump pierde las elecciones y el nuevo presidente intenta regresar al internacionalismo liberal?

Mientras tanto viviremos en un mundo inestable y peligroso, un mundo donde el gigante se reacomoda y sufren los países que no entienden o ni siquiera intentan aprovechar los sacudones.

* Director de la revista digital Razón Pública.

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