Por: Ricardo Arias Trujillo

El nuevo presidente de la Conferencia Episcopal

HACE POCOS DÍAS, LOS OBISPOS COlombianos eligieron al nuevo presidente de la Conferencia Episcopal, el puesto de mayor jerarquía de la Iglesia católica colombiana, dado que la CEC es la institución encargada de coordinar todos los aspectos de la Iglesia y el clero. Al recibir el respaldo de la mayoría de sus colegas, Rubén Salazar Gómez, arzobispo de Barranquilla, será el encargado de dirigir a la Iglesia durante los próximos tres años.

El presidente de la CEC no cuenta con un poder absoluto, pero es claro que, como principal cabeza del catolicismo en el país, intentará imprimirle su propio sello, al igual que lo hicieron sus antecesores. Luis Augusto Castro, el presidente saliente (2005-2008), se caracterizó por sus críticas a la “seguridad democrática” del gobierno Uribe. Desde un comienzo, el arzobispo de Tunja insistió en la necesidad del canje humanitario y de una salida negociada al conflicto armado. En ese sentido, sus tomas de posición representaron un viraje importante con relación a la presidencia de Pedro Rubiano (2002-2005), un arzobispo mucho más cercano a la política de “mano dura” de Álvaro Uribe y, por consiguiente, bastante crítico de las FARC y de los diálogos con la guerrilla.

Las diferencias entre un prelado y otro son el reflejo de las divisiones que hay al interior de la Iglesia católica y remiten a la diversidad del mundo católico, un campo que, como cualquier otro, está compuesto en realidad por distintas corrientes. En los años 1980, unos cuantos obispos recibían, sin sonrojarse, dineros de narcotraficantes, aduciendo que el destino de las donaciones —y no su procedencia— era lo que importaba, actitud que fue rechazada por la mayoría de los jerarcas. Cuando Belisario Betancur puso en marcha su proceso de paz, una nueva fractura se presentó en el seno de la Iglesia: mientras que unos pocos prelados respaldaron sin reservas la iniciativa del mandatario, un gran número criticó, en los más duros términos, la “generosidad” e “ingenuidad” del Jefe de Estado.

En la actualidad, además de las divisiones ya señaladas, existen también discrepancias en torno al proceso de paz con los paramilitares: mientras que algunos obispos apoyan totalmente las negociaciones adelantadas por el gobierno, otros, por el contrario, han expresado sus dudas con relación al manto de impunidad que puede cobijar los crímenes perpetrados por el paramilitarismo. Las tensiones dentro del clero se aprecian igualmente en el momento de señalar las raíces históricas de los principales problemas que aquejan a la sociedad: mientras que Luis Augusto Castro, Nel Beltrán, Jaime Prieto, entre otros, se han caracterizado desde tiempo atrás por sus llamados vehementes a la clase dirigente para que realice las reformas sociales y políticas que necesita con urgencia el país, otros jerarcas parecen más interesados en centrarse en la “crisis moral”.

Tras las recientes elecciones, ¿qué rumbos tomará la Iglesia católica colombiana? Es significativo que Luis Augusto Castro no haya sido reelegido, como lo permiten los estatutos de la CEC. También resulta elocuente que ninguno de los obispos “críticos”, aquellos que llevan años denunciando la corrupción, el paramilitarismo, la violación de los derechos humanos, la pobreza, tampoco hayan sido tenidos en cuenta. De acuerdo con algunas declaraciones hechas en estos días por Rubén Salazar, parece que el tono va a ser bastante tradicional: defender al gobierno (“muchas de [sus] ideas las apoyamos en un 100%”) y hacer énfasis en una cruzada contra los “males” de la modernidad, tales como el aborto, la eutanasia y la educación laica, “vicios” que, vean ustedes, también desvelan al Jefe de Estado…

* Profesor de Historia de la Universidad de los Andes.

 

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