Por: Columnista invitado

El nuevo rumbo de China

De nuevo, el Partido Comunista Chino (PCCh) debe decidir el rumbo que seguirá uno de los sistemas políticos de mayor peso para el devenir mundial.

Los 400 delegados del Partido tienen la importante tarea de poner en ruta la economía del gigante asiático, en una reunión que resulta emblemática por lo que ha significado en el pasado. En una de ellas, en 1978, el célebre Deng Xiaoping reinventó el comunismo chino con reformas visibles hasta hoy y le imprimió a la ideología un pragmatismo que, para muchos, explica la supervivencia del modelo, en contraste con el fracaso estrepitoso de la Unión Soviética. Asimismo, en una de las plenarias como la llevada a cabo esta semana, en 1993 se disolvió buena parte de las empresas del Estado, dándoles un impulso de gran relevancia a los privados y al sector bancario. Y en 2008, China sorprendió al mundo por un agudo sentido de la autocrítica, al proponer un equilibrio urgente entre la zona urbana costera y el interior rural rezagado.

Valga anotar que en la actualidad las presiones sobre el presidente Xi Jinping tienen diversas procedencias. Algunas apuntan a una mayor liberalización económica que permita aprovechar aún más la expansión y el atractivo que supone no sólo su crecimiento, sino el tamaño de su mercado. Ahora bien, sectores ortodoxos quieren orientar la liberalización hacia la reducción de la brecha entre ricos y pobres, el pasivo más visible de la Revolución.

De allí que la declaración final de la plenaria del Comité Central de esta semana haya buscado un punto medio entre la asignación de recursos para la reducción de la desigualdad y un papel más activo para el mercado. Aceptar a éste como distribuidor de recursos significa la continuación de la idea de adaptación de Deng Xiaoping y traduce dos cosas elementales para entender la evolución de la ideología. Primero, la China comunista está lejos de considerar el socialismo como un sistema utópico y purista. No ve reparo en acudir a mecanismos propios del capitalismo para generar un bienestar en las zonas más deprimidas. Y segundo, China mantiene una convicción socialista, por más que muchos vaticinen una transición hacia el capitalismo. El Comité Central acaba de reconocer, una vez más, que el país se encuentra en “una fase inicial del socialismo aún”. A pesar de que haya transcurrido medio siglo de Revolución, para la lógica del marxismo esos más de 50 años son muy poco, en la voluminosa historia de la lucha de clases. Aunque parezca inverosímil por las reformas liberales, el comunismo chino está en una etapa inicial y no en una terminal.

Por eso esta apertura que se reafirma bajo Xi Jinping muestra que la búsqueda de supervivencia del comunismo chino no lo hace sucumbir frente al capitalismo. Y confirma que esa ideología basa su éxito en la generación de compatibilidades con sistemas aparentemente antagónicos y que definen el rumbo del modelo chino.

Por: Mauricio Jaramillo Jassir

Buscar columnista