Por: Columnista invitado

El ocaso de Ángela Merkel

Por: Roger Cohen

Así comienza el ocaso de Ángela Merkel: con una victoria, pero amarga, que también le abrió paso en el Parlamento alemán a un partido derechista y nacionalista que prometió “cazarla”.

La imagen perdurable de una elección en la que Merkel ganó por cuarta ocasión como canciller no será su rostro demacrado durante el debate televisado posterior a las elecciones. Será la de un regocijado Alexander Gauland, líder político del partido extremista Alternativa para Alemania (AfD), que promete “¡recuperar nuestro país y nuestra nación!”.

La Alemania de la posguerra ha tenido una consigna: “sin experimentos”. La nación más grande y poderosa de Europa sigue siendo estable, pero esta elección representa un parteaguas.

La llegada al Parlamento, por primera vez en décadas, de alrededor de 94 miembros de un partido que coquetea con el neonazismo, manifiesta su orgullo por los soldados de las Wehrmacht (fuerzas de defensa) de la Segunda Guerra Mundial y clama una vez más por una nación alemana constituye el rompimiento de la figura política aceptada de la República. Habrá un antes y un después.

Alemania estará más enojada y será más turbulenta. Se acabaron los tabúes. Ahora, las fuerzas que están derrocando a los partidos de la corriente dominante en las democracias occidentales están plenamente identificadas. Son el miedo al futuro, los inmigrantes, el islam y el terrorismo, y el enojo ante la impunidad, la desigualdad y la arrogancia de una élite globalizada. Alemania no fue inmune a ellas.

Su sacudida llegó en un momento en el que un presidente estadounidense al que le gusta provocar contiendas ha abierto el camino al intolerante interno de todos y mostrado desdén por aquello que la posguerra cultivó con tanto cuidado y dedicación: la alianza entre Alemania y Estados Unidos.

Trump no creó el AfD, pero cuando un presidente estadounidense parece no encontrar palabras contundentes para condenar a los neonazis, el suelo se mueve en el mundo libre. Se puede hacer mucho daño a falta de un invierno nuclear. Gauland quiere el regreso de la nación ante lo que considera la contaminación migrante; Trump quiere unos Estados Unidos dominados por los blancos.

De 1998 a 2001 viví en una Alemania que todavía seguía en el sinuoso camino para salir de la vergüenza histórica, que confrontaba el pasado nazi con el regreso de la capital a Berlín. Agonizaba. Los acalorados debates querían dilucidar si Alemania volvería a tener derecho a manifestar orgullo. Ahora ha surgido una Alemania más desvergonzada y ciertamente más nacionalista. Bastantes alemanes han tenido suficiente con esa decena de años de nazismo como para enviar a defensores del ejército del Tercer Reich de regreso al edificio del Reichstag.

Durante esta campaña, Merkel caminó sonámbula hacia el tornado, casi carente de nuevas ideas. Fue la misma de siempre: tranquilizadora, común y corriente, astuta y aburrida, la Mutti que anda con un cuchillo afilado para defenderse de sus rivales cuando sea necesario. Ese fue su mensaje. Y apenas fue suficiente.

Ganar un cuarto período es extraordinario. Ella ya es una gigante, junto con sus predecesores Adenauer, Brandt, Schmidt y Kohl. En su mandato, el país se abrió paso a un grado de estabilidad, prosperidad y unidad —y a una promesa verosímil de liderazgo moral, democrático y liberal— que durante mucho tiempo se creyó impensable. La socialdemocracia alemana tuvo un buen desempeño. También se ha desgastado. Todo tiene un fin: el de Merkel ya comenzó.

Su partido de centroderecha, Unión Demócrata Cristiana (con su filial en Baviera, la Unión Social Cristiana), sufrió una caída en los votos de un 41,5 % en 2013 a un 33 % ahora. El Partido Socialdemócrata, de centroizquierda, sólo obtuvo un 20,8 %, una baja histórica después de la posguerra. Incluso en un país con un desempleo mínimo, enormes superávits y un crecimiento estable, fue evidente el enojo con el consenso dominante.

A pesar de ello, ganó Merkel. Ganó tras su valiente decisión de 2015 de dejar entrar a un millón de refugiados, la mayoría de Siria. Esa estrategia armó al AfD (así como a otros movimientos europeos antiinmigrantes), pero consolidará la importancia de Merkel con el tiempo.

Alemania sabe lo que las puertas cerradas pueden significar para los perseguidos; Merkel, que creció en Alemania del Este, lo vivió muy de cerca y por eso rescató a Europa cuando estaba al borde del caos. Tal vez su margen de victoria habría sido mayor si hubiese prohibido la entrada a los desesperados. Quizá hoy en día la mezquindad paga. Dudo que sea así en el caso de Alemania. Una lección de su aniquilación total fue que un hombre mezquino es capaz de llevar al mundo a la ruina.

Doce años en el poder son muchos. Merkel está cansada y los alemanes también. Es hora de un acto final.

Llevará tiempo formar su próxima coalición. Los socialdemócratas quieren irse; Merkel tal vez tenga que recurrir a los verdes de izquierda y a los demócratas liberales democráticos que están a favor de las empresas, dos partidos con muchas diferencias. Esto es problemático, pero puede que estimule el cambio. Christian Lindner, el líder de los demócratas liberales, fue el reluciente nuevo rostro de la campaña. Hay muchos negocios en busca de la economía poscarbón. Tanto los verdes como los demócratas liberales están, en términos generales, a favor de la Unión Europea.

Trump ha orillado a Merkel a declarar que Europa debe “tomar su destino en sus propias manos”. Ese debe ser su acto final. Usar la respuesta negativa de Europa a Trump y el brexit, y forjar, junto con el presidente de Francia, Emmanuel Macron, una Unión Europea más dinámica, democrática, integrada y autosuficiente en el siglo XXI.

Europa se integró para sacar a Alemania de los escombros en 1945 y esa sigue siendo la mejor respuesta al enojo de la bandada diversa del AfD.

The New York Times 2017.

 

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