Por: Juan Manuel Ospina

El ocaso de la dirigencia colombiana

En Física enseñan que la naturaleza le tiene horror al vacío, el cual termina llenado por algo – la antimateria, la energía negra… -.

La vida enseña que, igualmente, la sociedad no soporta el vacío de poder y de actores, razón por la cual los parapoderes pelechan allí donde hay gente, comunidades elementales, pero faltan instituciones y autoridad; y subiendo en el escalón de la estructura de la sociedad y el poder – que son en el fondo las dos caras de la misma moneda -, el vacío de poder y de legitimidad se presenta en la cúspide social cuando la dirigencia se desentiende, claudica ante sus deberes para dedicarse al disfrute de sus privilegios, característico de los tiempos de decadencia: de la Roma Imperial a la Cuba batistiana y a la Venezuela chavista, pasando por la Rusia zarista o la Francia absolutista. Sumidos en su torpeza (¿inconciencia, soberbia, ignorancia?) consideran que ser dirigente es un privilegio, que llegan a considerar un derecho hereditario, como se puso de moda entre nosotros, y no una dignidad y una responsabilidad que debe refrendarse y merecerse un día sí y el otro también; los privilegiados de hoy han olvidado algo que los viejos sabían y repetían, hay honores que cuestan.

Es un cuadro triste e inmensamente preocupante, el de una dirigencia como la colombiana actual, de la cual hago parte, sumida en la frivolidad de quien se siente y se cree inamovible, sin comprender que así se condena a sí misma a ser “barrida por la historia”, derrotada y destronada por grupos - de derecha e izquierda, hay para todos los gustos – que, ellos sí, tienen ante la vida que asumen con sus responsabilidades y posibilidades, una posición fundamental e indeclinablemente militante, sea uribista o comunista, que en esto se parecen, con su visión compartida (“las verdades reveladas” que serían, según ellos, fuente de salvación) cimentada en compromisos, tareas y solidaridades compartidas que les aportan identidad y sentido de pertenencia, un “espíritu de cuerpo” en un país “descuadernado” por conflictos y enfrentamientos insensatos que debilitan la solidaridad y deslegitiman a una dirigencia ausente e inconsciente de ese país que supuestamente dirigen. Para hacer gráfica la situación, en el fin de semana los unos van al club - whisky, golf y conversaciones interminables sobre el mal gobierno (que es su gobierno) y la amenaza castro chavista -; mientras que los otros van a los barrios, participan en los programas de opinión, en los debates académicos y ciudadanos, activos y comprometidos en la presentación y defensa de sus ideas, atentos a escuchar a la gente, siempre en la denuncia del fracaso y la irresponsabilidad de la actual dirigencia. ¿Quién va a ganar? Se oyen apuestas.

La dirigencia se autocastró al encerrarse en su pequeño mundo y actividad; lo que suceda por fuera de las cuatro paredes de su oficina o negocio, no les concierne, no quieren saber del asunto; solo para protestar y exigir, nunca para comprometerse, para untarse de barro y “de pueblo” y meterle el hombro a los problemas y soluciones de su entorno. No creen que sean asuntos de su competencia, que para eso está el gobierno del cual tanto y tan mal hablan. El gobierno está allá y yo estoy acá, salvo cuando lo necesito para atender algo que no es de interés general sino particular, cuando le tengo que “pedir un favorcito”. Por eso empresarios como Hernán Echavarría Olózoga o Nicanor Restrepo son importantes y paradigmáticos, porque independientemente de sus planteamientos, fueron personas que se la jugaron, que salieron de su comodidad para plantearle a sus compatriotas en foros y libros, sus propuestas y para defenderlas, para ayudar a hacerlas realidad asumiendo funciones y responsabilidades públicas, sin por ello dejar de ser empresarios conscientes y consecuentes con su papel de dirigentes de un país enfrentado a enormes tareas, jugándosela y … dirigiendo. Para salir del tremedal de la violencia de tantos años, o la dirigencia despierta y se compromete o se suicida social y políticamente y la paz quedará reducida a una buena intención consignada en un acuerdo formalizado y nada más.

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