Elecciones 2018: Colombia elige presidente

hace 6 horas
Por: Ramiro Bejarano Guzmán

El ocaso de Sabas

La imagen de Sabas Pretelt entrando a la cárcel es tan conmovedora como era impensable hace apenas unos años.

En los cálculos de nadie, y mucho menos en los del prestigioso dirigente empresarial, estaba previsto que algún día iba a pasar por tan difícil prueba de verse convertido en reo, pero dura lex sed lex.

Conozco a Sabas hace mucho tiempo, de vista, trato y comunicación, y claro que en lo personal siento lo que le ha pasado. Siendo director del DAS, en los días siguientes al crimen de Álvaro Gómez, recibí una visita suya en la que entregó información al gobierno sobre la posible identidad de uno de los retratos hablados de los presuntos autores del asesinato, la cual fue descartada porque, capturado y confrontado el supuesto sospechoso, demostró que estaba fuera de la ciudad para ese fatídico 2 de noviembre de 1995. Agradecí ese gesto de confianza de Sabas, entonces director de Fenalco, donde unos años después nos volvimos a encontrar por asuntos profesionales.

La condena a Sabas tiene que haber estremecido a muchas personas, en especial a empresarios, porque él tiene la particularidad de ser amigo de todo el mundo con la facilidad que le permite su talante caribe, que paradójicamente debió haber pesado para que se metiera en semejante problema cuando la vida más le sonreía, tanto que hasta sus copartidarios lo veían como su candidato presidencial. Pero, ¿qué pudo haber pasado para que la Corte Suprema de Justicia terminara creyéndole a Yidis Medina, no obstante que la calificó de ser una persona de poca preparación, y en cambio enterrara la versión del exministro del Interior y de Justicia?

No conozco en detalle el expediente contra Sabas y sus compañeros de infortunio, Diego Palacio y Alberto Velásquez, pero por las informaciones de prensa que reproducen las piezas procesales tengo la impresión de que los hechos por los cuales fueron condenados sí ocurrieron, no son inventados, como tampoco debió serlo la arrodillada de Uribe ante la exparlamentaria pidiéndole su votico. En efecto, la acusación de haber pagado coimas a Teodolindo y Yidis para que aprobaran el proyecto de reelección, que estaba hundido, está más que establecida y por eso era obvio que la Corte le diera crédito a la última, pues las notarías que le fueron ofrecidas ciertamente se convirtieron en realidad gracias a la firma de Sabas. Igual ocurrió con Palacio, quien desde su Ministerio de la Protección Social nada tenía que estar haciendo en la discusión y el trámite del proyecto de la reelección presidencial, pero allí apareció para desgracia suya y de su carrera, y luego terminó nombrando a la nuera de Teodolindo, entre otros detalles. Lo propio puede decirse de Velásquez.

No albergo duda, pues, de que los hechos denunciados y juzgados sí ocurrieron, pero no descarto que en la orgía del poder en la que vivían los implicados durante la seguridad democrática, con arrogancia creyeron que podían hacer y deshacer incluso cosas lícitas y que nada podría pasarles porque eran ministros del mesías. Es muy probable que mientras los entonces funcionarios preparaban los giros burocráticos para pagarle a Yidis y Teodolindo el favor de haber contribuido a la tramposa reelección de su jefe, hubieran llegado a creer que estaban haciendo lo correcto, porque se tragaron el cuento de que Uribe era imprescindible. Con razón dice el dicho que cuando Dios quiere perder a un hombre lo hace soberbio.

Lo que ha quedado establecido con esta ejemplar condena contra Sabas, Palacio y Velásquez, que viene a honrar la galería de los uribistas caídos en las redes de la justicia, es que, quiérase o no, las órdenes de Uribe dan cárcel; claro que no a todos, porque hay uno que otro culpable que sigue impune.

Adenda. A pesar de la gravedad y la indignación que ha causado el atroz asesinato en el Cauca de 11 militares por las Farc, el Gobierno no puede suspender el proceso de paz sino empeñarse en que avance sin más dilaciones. Todo el tiempo que transcurre en deliberaciones eternas conspira contra la paz. No hay que darles oportunidad a los adoradores de la guerra de que puedan tener razón ni siquiera por un segundo.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ramiro Bejarano Guzmán