Por: Álvaro Camacho Guizado

El odio en la guerra

MI COLUMNA DEL 2 DE ABRIL SUS- citó una oleada de comentarios que me hicieron pensar que insultar puede llegar a ser un placer, independientemente de que sea morboso o no. No suelo pararle bolas a los insultos, no tengo dudas de que nací en un hogar consolidado, y que por tanto las referencias a mi madre responden a criterios más belicosos que objetivos.

Pero en esta ocasión debo precisar un punto que me parece de gran importancia en la comprensión de algunos de los rasgos que ha asumido nuestro conflicto armado. Dije que algunos de los secuestros de las Farc tuvieron consecuencias que fueron l más allá de las víctimas. Dije que, en concreto, los secuestros de los padres de Uribe y los Castaño y de la hermana de los Ochoa tuvieron efectos especialmente graves: contribuyeron al impulso a la creación de máquinas de muerte como los paramilitares de las Accu y las Auc y al diseño de una política estatal basada en el odio fanático e implacable en el combate a la subversión.

En lo que respecta a Uribe y su seguridad democrática, uno podría esperar que la arremetida contra los subversivos se basara en una idea de defender la vida de los colombianos y de fomentar la estabilidad institucional. Pero no, las actitudes y decisiones del presidente evidenciaban que estaban más motivadas por el odio y la sed de venganza. No otra cosa se puede pensar al recordar el constante uso de toda clase de epítetos para referirse a “la far” y la persistente exigencia de que los militares no escatimaran esfuerzos.

Pero no, el odio visceral se convirtió en una política pública en la que la razón de Estado fue sustituida por una ira incontrolable de una persona que contó con un poder enorme para saciarla. Nadie se puede alegrar de que su padre hubiera sido asesinado en el intento de secuestro, pero tampoco se puede festejar el clima de pugnacidad que contribuyó a crear. De Uribe se puede decir que convirtió al Estado en un instrumento para saciar su odio fanático.

Y de los Castaño se podría suponer que sin el secuestro de su padre Fidel se habría dedicado al narcotráfico y al comercio internacional de arte, y que Carlos se habría contentado con su militancia en los Pepes, con el simple propósito de eliminar a Pablo Escobar. No habría una razón de peso para suponer que se meterían en la empresa de asesinar masivamente a campesinos. De hecho, en el libro que publicó en compañía del periodista Aranguren lo confesó: las masacres fueron el precio de la venganza, también fanática.

Ahora bien, espero haber dejado más o menos contentos a quienes me insultaron. No soy tan ingenuo de sostener que el conflicto armado se explica por un par de secuestros. Ellos fueron una parte del conflicto que ya lleva años entre nosotros, así se hubiera tratado de actos bárbaros. Pero ni fueron los únicos secuestros ni los únicos actos bárbaros. Por el contrario, adhiero a lo que afirma Tony Judt (Algo anda mal, Taurus, 2010): “Es la creciente desigualdad en y entre las sociedades lo que genera tantas patologías sociales. Las sociedades con desigualdades grotescas también son inestables. Generan divisiones internas y, más pronto o más tarde, luchas intestinas, cuyo desenlace no suele ser democrático” (p. 218).

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