Por: Catalina Uribe

El odio virtual

En días pasados el artista alemán Shahak Shapira grafiteó en las afueras de las oficinas de Twitter en Hamburgo los peores tuits de la red. El motivo de su obra surgió después de seis meses de denunciar cientos de tuits con mensajes de odio sin recibir una respuesta contundente de la compañía. Casi todos los tuits reportados siguieron públicos, a pesar de contener mensajes como: “Los gais a Auschwitz”, “Gaseemos juntos a los judíos” o “Los negros son una escoria”. Forzado a seguir viendo estos mensajes atroces en la red, decidió materializarlos en el piso de forma que no pudieran ser ignorados por los funcionarios de Twitter.

Su punto no es absurdo si pensamos la forma como se han propagado últimamente los mensajes racistas y de odio de la autodenominada “derecha alternativa”. Uno de los casos más recientes fue la marcha de supremacistas blancos en Virginia, EE.UU., que terminó con tres muertos y varios heridos. La marcha no sólo fue fomentada virtualmente, sino que varios de los neonazis han construido su comunidad online, valiéndose de redes sociales para insultar y propagar su ideología de odio. De hecho, los familiares de uno de los neonazis lo condenaron públicamente. Su sobrino dijo: “Peter Tefft es un maniático, quien se ha alejado de todos nosotros sumergiéndose en el demente hueco de internet”.

El experimento de Shapira con Twitter evidencia que todavía existe una aparente separación entre “el mundo virtual” y “el mundo real”. Incluso quienes viven en él, como los funcionarios de las compañías de redes sociales, encuentran más perturbadores los mensajes grafiteados en el piso que los insultos virtuales que se propagan a diario. Una reciente encuesta de Pew Research encontró que cuatro de cada diez usuarios de internet han experimentado acoso virtual. El caso de Tefft evidencia que no hay que salir de la casa para perder el rumbo.

En Colombia la cosa no es muy diferente. Es cada vez más común leer a nuestros líderes políticos insultar a la sombra de su pantalla. De hecho, varios de los últimos debates públicos han abordado precisamente el odio que propagan las redes sociales a tal punto que algunas figuras públicas se han salido de ellas. El problema es que el mundo virtual llegó para quedarse. Poco se hace al esconderse. Lo que sí está pendiente es la necesidad de abordarlo como lo que es: un mundo real con consecuencias reales.

 

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