Por: Juan David Correa Ulloa

El oficio

Por aquí desfilan Diomedes Díaz, el juglar que perdió el rumbo por la rumba; Rocky Valdez, el hombre que se grabó la gloria en los dientes;...

Por aquí desfilan Diomedes Díaz, el juglar que perdió el rumbo por la rumba; Rocky Valdez, el hombre que se grabó la gloria en los dientes; el viejo Mile, esa leyenda que conoció el aburrimiento muy tarde, y pensó que cuando uno se aburre “es mejor morirse”; Gitanillo, el torero que amenizó al pueblo en plazas pobres; Caraballo, el campeón ‘sin gloria’, y un sinnúmero de personajes no menos importantes como Juan Sierra, palabrero wayúu; Mauricio Álvarez, La Madison, travesti central del equipo de fútbol Las Regias; para nombrar sólo algunos de los personajes de este libro escrito con la terquedad de quien sabe que las historias que uno debe contar requieren de paciencia, tiempo y claro, investigación y mucho corazón.

Las crónicas reunidas en La eterna parranda, una especie de prontuario de Alberto Salcedo Ramos, tienen todas en común la acerada escritura, la estupenda pesquisa que se advierte detrás de cada una de ellas y un enfoque y tono tan personales que uno agradece estar leyéndolas. Todas han aparecido en los medios que durante estos quince años le han ofrecido condiciones a Salcedo. Y cuando digo condiciones, me refiero al espacio y al tiempo que pocos editores de hoy le conceden a sus periodistas. Algunas se publicaron hasta dos veces a los dos lados del atlántico, y todas son un ejemplo para cualquiera que se quiera enfrentar al arte de contar el presente como si fuera un borrador de la historia.

El título del libro se debe a una pieza para la que Salcedo empleó algo así como dos años en los cuales invirtió dinero y tiempo propio —junto al fotógrafo Camilo Rozo— para perseguir al Cacique de la Junta, sin jamás haber podido cruzar palabra con él. El reto, a medida que avanzaban los meses, se hizo más y más complejo. Sin embargo, como lo sabe Salcedo, un buen perfil se construye con las versiones que otros tienen sobre nosotros, y tomó nota: viajó a los pueblos en los que dejó la estela aquel hombre que huyó tras ser acusado de asesinato, se sentó con sus ex mujeres, apeló a su memoria caribe, y construyó un relato de unas sesenta páginas en las cuales uno siente lo mismo que el retrato es el resultado del pensamiento, la reflexión, la edición y la reescritura.

Cada texto ha sido el producto de un oficio que es necesario reivindicar: el del cronista que, como un pasajero en un tren, va viendo correr la vida tratando de que no se le escape el tiempo. Salcedo ha sabido devolver la película para regalarnos no sólo un libro memorable, sino un espejo en el cual nos miramos a veces con angustia, y a veces con una sonrisa no exenta de ironía.

‘La eterna parranda’, Alberto Salcedo Ramos, Aguilar.

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