Por: Fernando Araújo Vélez

El olvido

La primera vez que él se molestó por los olvidos de su mujer fue cuando ella extravió el registro de matrimonio, aunque dos años más tarde le agradeciera al destino que así hubiera sido. Nunca lo encontraron, o por lo menos no mientras estuvieron casados.

Él le recriminó su olvido con el amor de recién casado. Ella se disculpó con ese mismo amor. A la mañana siguiente refundió la llave de la suite del hotel en su luna de miel. Él no supo si volverle a reclamar o guardar un prudente y agridulce silencio. Por el bien de los dos, eligió hacerse el desentendido, como lo hizo por varios meses.

Ella creía que él no se enteraba de sus descuidos. Sin embargo, cada uno de sus deslices sumía a su marido en un profundo estado de ira que conjuró con un meticuloso plan de indiferencia y de reenamoramiento, como en una canción que había escuchado. Le mandaba flores secretas en nombre de otro hombre, un X, y rosados poemas. “Quién le escribía cartas, dime quién era”.

Un día la invitó a Europa. Llevaban ya dos años de matrimonio. O allá volvían a ser quienes habían sido, lejos de las rutinas y los conocidos, o no habría futuro. Ella le respondió que sí, aunque en el fondo hubiera querido que él se fuera solo para quedarse con el de las flores, “Quién cada 9 de noviembre, como siempre sin tarjeta, le mandaba un ramito de violetas”. Se fueron un viernes por la noche con sus cámaras para llenarse de recuerdos. Brindaron en pleno vuelo, felices. Podrían haber editado una película con las imágenes del viaje, si no hubiera sido porque una noche, en Florencia, ella dejó su Canon AE-1 en un restaurante y él, en puntas de pie y de madrugada, la abandonó para siempre.

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