Por: Juan David Correa Ulloa

El olvido es la Norma

No parece que en los circuitos culturales leer a nuestros escritores, los que publican libros aquí y ahora, fuera una pérdida de tiempo. "Yo no leo a nadie de acá” —me confesó un escritor alguna vez—: “prefiero leer cosas buenas”, remató.

Muchos editores se dan el lujo de ningunear en privado lo que no son capaces de sostener en público. Muchos escritores se ofenden con otros escritores o gente que comenta libros, como yo, sacando pecho diciendo que en este país no hay crítica y que todo el mundo es un balbuceante. Muchos escritores se saludan con abrazos y por detrás se apuñalan sin compasión. En este mundo, o se es agresivo o se es pusilánime. O se es un vendido o se es, casi siempre, un silencio por revelar. O se es un tira piedras a través de emails procaces donde se exhiben las llagas de los demás o se es un elegante mala leche que busca mandar mensajes cifrados y sofisticados a quienes se quiere torpedear.

Digo todo esto porque me sorprende ahora ver tanta indignación por el cierre de la línea literaria de Norma. Hablan de que la empresa debe tener responsabilidad social; de que se puede perder un poco de plata en la cultura; de que son unos mercachifles desconsiderados; pero no dicen, quienes critican, que los primeros en no consumir los libros que se escriben aquí son ellos mismos. Mejor traducir artículos del New Yorker que poner a trabajar a un cronista de aquí, porque si mucho hay dos. Mejor coger los primeros dos capítulos de una novela que acaba de salir y someterla a una corrección antipática de iteraciones subrayadas en color para demostrar que acá, en esta tierrita, no se da nada bueno, pura mediocridad.

Y entonces, me pregunto yo, si nosotros mismos —quienes estamos en este oficio— no somos los lectores de nuestros contemporáneos, de todos esos huérfanos a los que salen ahora a defender esos padres que nunca los quisieron recibir en sus casas, ¿por qué nos quejamos del cierre de Norma?

Quisiera hacer un sondeo entre nuestros escritores a ver cuántas obras publicadas por colombianos en el último año se han leído: seguro que las podrían contar con los dedos de la mano. Leer libros escritos aquí es, para cierta élite intelectual, una tontería mayor. Aquí vivimos de hablar duro de los grandes nombres del mundo, pero somos incapaces de reconocer, con nuestras dificultades, nuestras provincianas formas, que tenemos una tradición de la cual nos hemos olvidado. ¿Quién se acuerda de editoriales importantes como Incunables, Cerec, Aguirre, Arango, Áncora o la primera Oveja Negra? A esas editoriales nadie las lloró mucho, como ahora se lo hace con una empresa de cuadernos y formas continuas que, durante veinte años, tuvo entre sus editores a gente inteligente que intentó hacer algo. Aquí todo se olvida. Todo, hasta los libros que no leen quienes hoy gimotean por la muerte de una editorial, también ella incapaz de estar a la altura del tiempo que le tocó en suerte. Pero ese, me temo, es otro problema.

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