El oprobioso lodazal

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Decían algunos que la pandemia nos volvería mejores personas. Y en sana lógica debería haber sido así. Es claro que la pandemia dejó ver todos los problemas que tenemos y que sabíamos que existían, pero que no queríamos ver. El estado lamentable de nuestras cárceles, el ineficiente sistema de nuestra salud, el desorden en nuestras Fuerzas Militares y de Policía, la mezquindad de algunos de nuestros líderes políticos, la incompetencia de unos funcionarios y, sobre todo, la confirmación de los odios que padecemos a diario y la imposibilidad de tener propósitos comunes como nación.

Cuando esta pesadilla arrancó, en marzo, empezamos a aplaudir todos los días a nuestros profesionales de la salud. Se organizaron eventos, muchos de los empresarios hicieron donaciones muy importantes para mitigar la crisis generada por el virus, los vecinos preguntaban por los demás, nos dedicamos a cuidar a nuestros padres y abuelos, pasamos más tiempo con nuestros hijos. En fin, en ese momento nos cambió la vida para bien.

Sin embargo, todo eso ha ido quedando atrás y se ha hecho más evidente que no somos capaces de unirnos como país. Eso, por supuesto, más que preocupante es triste, porque es claro que no tenemos la capacidad de solidarizarnos ni en los peores momentos. Ni siquiera el hecho más grave que nos ha pasado en un siglo (la pandemia) logró articularnos.

La mezquindad de Petro, la peleadera de la alcaldesa López y la arrogancia del precandidato presidencial y ministro de Defensa son apenas la punta del iceberg de lo que realmente está sucediendo. Las masacres ocurren a diario, matan policías, unos soldados violan menores, atentados contra las Fuerzas Militares y no pasa nada. Y entre tanto los políticos peleando en redes. No sé si me dan lástima o asco.

Pero del otro lado hay un país berraco, trabajador, echado para adelante y batallador. Ese país que ha mostrado toda su garra para no ahogarse. Los vemos sacando sus empresas (medianas y pequeñas) adelante, sus tiendas de barrio, sus negocios caseros. Estos colombianos son precisamente los que confirman que la gran mayoría de los ciudadanos son mil veces mejores que nuestros gobernantes.

Y lo peor no ha llegado aún, porque arranca un período de campañas electorales. No quiero ni imaginarme lo que sigue. Bien decía mi amigo Gabriel de Vega: “El oprobioso lodazal”.

Notícula. Qué vergüenza la actitud arrogante del precandidato y ministro de Defensa, Carlos Holmes Trujillo, frente a la sentencia de la Corte Suprema de Justicia. Mediante artimañas decidió olímpicamente desacatar las órdenes dadas por el alto tribunal. Las Fuerzas Militares y de Policía se le salieron de las manos. Los escándalos, crímenes, corrupción, perfilamientos y seguimientos ilegales son algunos de los hechos que han ocurrido durante su paso por el Ministerio. Por mucho menos renunció el exministro Guillermo Botero. Queda por ver si la Corte Suprema de Justicia tolerará esta irrespetuosa actitud o, por el contrario, lo arresta por desacato.

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