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hace 2 horas
Por: Mauricio García Villegas

El orden a los puños

A los antioqueños les gusta la plata. Eso puede ser verdad, pero a veces se exagera esa condición. Se cuenta que los viejos en Medellín les decían a sus nietos: “Vea, mijo, cuando sea grande consiga plata, y si la puede conseguir legalmente, hágalo; pero, si no, consígala”. Yo, que me crié por esos lados, nunca oí decir tal cosa, y Jorge Orlando Melo sostiene que en realidad ese dicho no es antioqueño, sino que viene de la Roma clásica, por cuenta del poeta Horacio. Tal vez, con el auge del narcotráfico y su codicia ilimitada, a alguien se le ocurrió que lo de Horacio cuadraba bien para ese momento y terminó calando en el imaginario colectivo.

Pienso en esto en las vísperas de una invitación que me hicieron para participar en un evento académico en el que se plantea la siguiente pregunta: ¿cómo entender la derechización de Antioquia y el consecuente fracaso de las otras opciones del espectro político, entre ellas la de centro? Confieso (y no es falsa modestia) que no tengo clara la respuesta a esta pregunta y que acepté ir para, en buena medida, aprender de los otros colegas invitados, más ilustrados que yo en estos asuntos.

Solo tengo algunas ideas muy tentativas. Lo primero es que Antioquia siempre ha sido un departamento godo, sobre todo (con la excepción de Rionegro) en su zona montañosa central, que es la más desarrollada y la más influyente. Quizás lo que ha cambiado es el perfil de los conservadores. Los de antes, los que forjaron las glorias del departamento, como Pedro Justo Berrío, Mariano Ospina Rodríguez, Marco Fidel Suárez y Carlos E. Restrepo, eran moderados, creían en el valor de la educación y de los bienes públicos. Incluso las autoridades eclesiásticas, que no tenían el dinero ni el boato de sus pares en Bogotá o Popayán, eran tranquilas y mansas (lo de monseñor Builes y López Trujillo vino después). Todos veían con horror el desorden que reinaba en el resto del país y hacían lo posible por mantenerse al margen de las guerras y de los conflictos para proteger sus negocios.

Con el aumento de las comunicaciones, la urbanización y la relativa nacionalización cultural y política del país (segunda mitad del siglo XX), los antioqueños empezaron a involucrarse en conflictos nacionales como el narcotráfico, los problemas agrarios y la lucha contra la subversión guerrillera. Muchos dejaron de lado su mansedumbre y se volvieron soberbios y pendencieros. Un amigo antioqueño que vive en el exterior me dijo hace poco que, últimamente, cuando viene a Medellín, encuentra cada vez más gente que prefiere arreglar las cosas a la brava, como si dijera esto: “Para qué nos vamos a poner a conversar si esto lo podemos arreglar a los puños”. El porcentaje de esos pendencieros es, por supuesto, una minoría, aunque tal vez sea una minoría muy influyente en la política.

El dicho del poeta Horacio, de conseguir dinero a toda costa, no hace parte de la cultura paisa. Pero tal vez lo que sí está muy arraigado en Antioquia, desde sus orígenes, es la obsesión por el orden y por la autoridad que, claro, son condiciones indispensables para hacer negocios y conseguir dinero. Tal vez lo que ha cambiado es esto: para los conservadores viejos ese orden se conseguía con la ayuda de la religión, de la educación y del respeto por las reglas sociales. Muchos conservadores de ahora, en cambio, quieren conseguir ese orden por cualquier medio posible, a los puños o, peor aún, a los tiros, si es necesario. Es como si les dijeran a sus hijos: “Vea, mijo, cuando sea grande consiga orden y autoridad, si puede conseguir eso por las buenas, hágalo; si no, consígalo de todos modos”.

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2018-07-20T22:00:56-05:00

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