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El orden público, la realidad y la ficción

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El último paro nacional que se recuerde fue el ocurrido el 14 de septiembre de 1977, a finales del gobierno de López Michelsen. Se asegura que hubo muchos muertos. Los dirigentes de las marchas esparcieron tachuelas por las calles para inmovilizar los automóviles. Por eso al paro se le llamó el de las tachuelas. A raíz de los hechos de orden público, las Fuerzas Militares le llevaron al jefe del Estado una serie de normas que el mandatario no acogió. Un año después, al posesionarse Turbay Ayala, los militares insistieron en sus propuestas y el nuevo mandatario sí las aceptó y a eso se le conoció como el Estatuto de Seguridad.

El último toque de queda que se recuerde en Bogotá fue el 21 de abril de 1974, cuando las controvertidas elecciones que eligieron a Misael Pastrana Borrero. En esa ocasión, ante los reclamos callejeros de los seguidores de Gustavo Rojas Pinilla, el presidente Carlos Lleras Restrepo decretó el toque y envió a la gente a sus casas.

Pero ese no ha sido el único toque de queda. En Macondo también lo hubo, luego de la matanza de las bananeras:

“La ley marcial continuaba, en previsión de que fuera necesario aplicar medidas de emergencia para la calamidad pública del aguacero interminable, pero la tropa estaba acuartelada. Durante el día los militares andaban por los torrentes de las calles, con los pantalones enrollados a media pierna, jugando a los naufragios con los niños. En la noche, después del toque de queda, derribaban puertas a culatazos, sacaban a los sospechosos de sus camas y los llevaban a un viaje sin regreso. Era todavía la búsqueda y el exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos del Decreto número cuatro, pero los militares lo negaban a los propios parientes de sus víctimas, que desbordaban la oficina de los comandantes en busca de noticias. ‘Seguro que fue un sueño’, insistían los oficiales. ‘En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando, ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz’. Así consumaron el exterminio de los jefes sindicales”, Cien años de soledad, editorial Suramericana, página 263.

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