Por: William Ospina

El orden que comienza

LA V CUMBRE DE LAS AMÉRICAS EN Trinidad ha empezado llena de gestos de Estados Unidos hacia Cuba y más bien ausente de gestos hacia Colombia.

Esto suena a paradoja, porque suele pensarse que Cuba es el principal adversario de los Estados Unidos en el continente, y que Colombia por el contrario es el principal socio de ese país en un vecindario hostil.

Pero todo eso está revelando ser una lectura del pasado. Estamos entrando en una nueva era, marcada por nuevos paradigmas, y el viejo debate ideológico, bajo el cual se han enmascarado las eternas injusticias colombianas, está quedando atrás.

Los poderes en Colombia llevan noventa años luchando contra el comunismo, pero en realidad bajo ese pretexto se han perseguido y eliminado muchas fuerzas que buscaban la transformación y la modernización de la sociedad. Se persiguió el pensamiento liberal en los años 30 y 40 del siglo XX; se acabó con el gaitanismo y se precipitó en los años 50 una guerra salvaje contra el campesinado; se cerró la democracia con el Frente Nacional en los años 60; se persiguió al movimiento estudiantil, al sindicalismo obrero, y al Frente Unido de Camilo Torres, hasta arrojarlos en brazos de las guerrillas doctrinarias o de los apóstoles del resentimiento; se ahogaron en los años 70 las aspiraciones de la clase media y se abandonaron millares de destinos a las malas artes de la delincuencia y del narcotráfico; se difamó y exterminó a todo un partido político de oposición, que pudo haber propiciado la reinserción de las guerrillas a la vida civil, y se favoreció así un nuevo auge del movimiento guerrillero que parecía eclipsado por las mafias de narcotraficantes; desde los años 80 se emprendió, con el viejo pretexto de combatir a las guerrillas y a la subversión, una nueva guerra, más brutal, contra el campesinado, que arrebató millones de hectáreas y arrojó a las ciudades a millones de desplazados, cambiando y estrechando el mapa de la propiedad territorial; y, lo peor, se permitió que ciertos sectores antes respetables de la dirigencia agraria, empresarial y política, se volvieran patrocinadores de un vasto proceso criminal que dejó atrás en sevicia los secuestros, los asaltos, las emboscadas y demás crímenes despreciables de la guerrilla.

Tantos horrores persiguiendo un comunismo que en todas partes ha sido superado por la dinámica de la historia, y cuya aplicación en países como Cuba, por ejemplo, se nos antoja hoy mucho menos terrible que las monstruosidades del anticomunismo colombiano. Para salvarnos del supuesto horror, nos precipitaron en un horror real, más continuo y más espantoso.

Ahora Cuba ingresa en el orden internacional con hartas tareas atrasadas en términos de libertades individuales, de acceso a la información y de iniciativas económicas, pero con unos modelos de educación, de salud y de solidaridad social que sólo discuten quienes nunca los intentaron en sus propios países, y con una moralidad pública que es única en el continente. Colombia, en cambio, no parece estar en la lista de los países protagonistas del nuevo momento histórico.

La verdad es que Álvaro Uribe no ha sido en América Latina el principal aliado de Estados Unidos sino sólo el principal aliado de George Bush, y hoy nadie en ese país quiere recordar a tan repugnante personaje. Uribe y sus brillantes consejeros escogieron el peor lado en la geopolítica de los últimos diez años, y eso tiene su precio.

Tal vez hasta los Estados Unidos saben que los avances en seguridad que Colombia ha logrado en estos años desafortunadamente no son sostenibles, porque no parten de un esfuerzo por corregir los tremendos desequilibrios sociales, injusticias salvajes como el robo de tierras y el desplazamiento forzado, ni las eternas carencias en educación e ingreso productivo que padeció siempre esta sociedad, tan recursiva pero tan maltratada, sino que se deben a una onerosa política basada en crecientes e insostenibles gastos militares.

Un sector importante de la sociedad colombiana se ha sentido protegido en este tiempo, pero no puede ignorar que la verdadera seguridad no se hace apenas con fusiles, con cárceles o con oscuros partes de victoria, sino mediante la construcción de una sociedad más justa y mucho más transparente.

Un nuevo orden internacional está comenzando y casi todo nuestro continente forma parte de él. El actual modelo colombiano, incluido el actual proceso de socavamiento de las instituciones, forma parte del viejo orden, del crispado y a menudo brutal orden de la Guerra Fría y de la histeria anticomunista. Pero ahora el comunismo no es una posibilidad, ni siquiera en Cuba.

Colombia se demora en sus guerras medievales, que fueron siempre la máscara de oscuras y crueles injusticias, como un símbolo de cuánto nos ha costado ingresar en la modernidad, por la torpeza y el egoísmo de nuestra dirigencia. Por eso no es de extrañar que a nuestros gobiernos les pasen estas cosas: que sus adorados socios no quieran sentarse con ellos a la mesa, que los supuestos aliados les dediquen más atención a sus viejos adversarios, que nunca tuvieron servilismo pero siempre tuvieron carácter.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de William Ospina

El regreso de la historia

Los vientos del Pacífico

Liborio: la voz de las montañas

Detrás de aquel rostro

Esta tierra donde es dulce la vida (III)