Colombia2020 y Rutas del Conflicto lanzan plataforma para seguir el pulso al acuerdo de paz

hace 2 horas
Por: Lorenzo Madrigal

El ordinario

El ordinario del lugar se le dice, en términos del derecho eclesiástico, al obispo en su diócesis, pero ahora en Colombia, y no se diga en Venezuela, bien puede denominarse así, aunque con otra acepción, al presidente de la República.

De la vulgaridad de Hugo Chávez para descalificar a sus opositores, que le propinaron una derrota difícil de cuantificar por la duda que rodea los organismos electorales, hemos pasado en Colombia a la furrusca telefónica en que el presidente Uribe se descompuso, al punto de vociferar, proferir el más conocido insulto entre hombres y tirar la bocina. Hay quienes dicen que el diálogo se grabó en el propio palacio para que ese alarde de vocinglería machista lo mostrara duro en punto de extradiciones (480), que tal era el tema.

Algo nunca visto ni oído. ¿Son éstos los presidentes de naciones hermanas, residentes en hermosos palacios, el de Colombia particularmente severo y con patinados retratos de Bolívar (no de bus escalera), ujieres y tropa a la usanza de la independencia? Pues sí, desgraciadamente sí.

La intimidad de los grandes hombres generalmente aguijonea la curiosidad y sorprende. De ahí el gusto que se tiene por las biografías, noveladas y deliciosas. Antes, las incipientes comunicaciones daban lugar al mito, creado a partir de la distancia y de la reserva. Sólo los iniciados e íntimos de los grandes conocían detalles de familia y locuciones privadas.

Pero una cosa es lo que se dice, por feo que suene y otra muy distinta lo que se hace o con lo que se amenaza. “¡…Y lo veo y le voy a dar en la cara, m…!”. Esto sí que ofende cualquier sentido de la dignidad presidencial que pueda tenerse. Traduce ecos del capataz finquero, del arriero de pie al suelo, éste seguramente más noble en sus expresiones campesinas. Son voces de la calle emitidas en un palacio. Aunque para la época, cualquier cosa puede ocurrir en los salones ovales de Washington, en el atril de Naciones Unidas (“Aquí estuvo el diablo y huele a azufre”) o en las escalinatas de Miraflores.

Cabe también preguntarse qué gente rodea al presidente de Colombia, y con quién se tienen tales términos de confianza, que permiten el uso de apodos y esgrimir riñas de manos, al parecer posibles. Cuando vivía en Inglaterra, mucho antes de candidatizarse para una dictadura democrática, el mismo Uribe se vino enfurecido sobre un amigo mío, estudiante  en Oxford, un día de colombianidad o de votación en Consulado, por haber éste afirmado cualquier cosa de las Convivir y de la retoma del Urabá antioqueño. No llegaron a las manos y mi amigo temió hacerle daño, si le tocara defenderse, al entonces alfeñique paisa, de chispa instantánea.

Por Dios, ¿quién nos gobierna? Menos mal que no existe la pena de muerte, pues se la aplicarían provisionalmente a corruptos presuntos o a cualesquiera contestatarios, para después excusarse ante el público por haber hecho algo impropio.

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Alguna vez se le oyó decir al Presidente que él era un gamín; en otra ocasión, que él no usaba palabras elegantes. No se le creyó en ese momento.

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