Por: César Ferrari

El oro como patrón

¿Cuál es el precio de un peso? ¿Tiene acaso precio? Actualmente, el precio de un dólar es de alrededor de 3.200 pesos. Entonces, el precio de un peso expresado en dólares será la inversa, es decir: 0.0003125 dólares. De similar manera, si el precio de una determinada silla es de 90,000 pesos, el precio de un peso expresado en esas sillas será 0.000011 sillas. En otras palabras, el precio del dinero es la inversa del precio del bien con el que se compara, llámese peso, dólar o silla.

Obsérvese también que, en una economía de mercado, esos precios se definen en el mercado respectivo. Mejor dicho, el precio del dólar se define en el mercado de dólares, el llamado mercado cambiario, y el precio de la silla en el mercado de sillas. En una economía de mercado, ninguno de esos precios tendría que ser fijo; más bien, en condiciones normales se esperaría que fluctúen. Y fluctuarán mucho o poco dependiendo de que la cantidad de pesos destinados a comprar sillas haya aumentado mucho o poco, o la cantidad de sillas que quieran ser intercambiadas por pesos haya aumentado mucho o poco.

Esta voluntad de pago en pesos y disponibilidad de sillas para vender tiene que ver, respectivamente, con las llamadas demandas y ofertas de sillas en el mercado de sillas. Las demandas son definidas por el ingreso de los compradores que se concreta en pesos, sus preferencias, los precios de las propias sillas, y los precios de sus sustitutos como los sofás. Las ofertas de sillas se definen por las condiciones en que se producen y se venden. Si los precios de las sillas son muy elevados los compradores comprarán pocas sillas, sin son bajos comprarán muchas sillas.

El mercado de dólares es, por supuesto, más importante que el mercado de sillas. Si no hay sillas uno se puede sentar en el suelo. Si no se tienen dólares, no se puede, por ejemplo, viajar, ni importar bienes del extranjero, incluidos los bienes que se consumen tal cual, los que sirven para hacer otros bienes, las maquinarias y equipos, o los que se transforman para fabricar nuevos bienes, los bienes intermedios. Mejor dicho, sin dólares la economía se puede paralizar y, por lo tanto, hay que producirlos u obtenerlos. Los dólares solo los “produce” la Reserva Federal de Estados Unidos. Los demás países tienen que obtenerlos enviando al extranjero petróleo, sillas o café para intercambiarlos por dólares, o consiguiendo que alguien de afuera del país envíe esos dólares como préstamo o para invertirlos.

Durante muchos años, gran parte del siglo XIX y hasta el comienzo de la Gran Depresión Mundial en 1929, se pretendió que el precio del dinero fuera fijo, definido administrativamente en términos de onzas de oro; era el patrón oro. De tal manera, cuando una persona se presentaba en un banco con una cantidad de dinero determinada, el banco debía entregarle la cantidad de oro correspondiente.

El patrón oro se reestableció en 1944 en la Conferencia de Bretton Woods, pasada la segunda guerra mundial. Al mismo tiempo se convino que el dólar estadounidense fuera la moneda dominante y se estableció que por cada 35 dólares emitidos habría un respaldo de una onza de oro. De tal manera, un dólar costaba 0.02857143 onzas de oro. Así mismo, se convino que el resto de las monedas fluctuara respecto al dólar, aunque muchos países establecieron para las suyas una relación fija con el dólar de tal manera que, también, tenían un precio fijo en oro.

En agosto de 1971, el gobierno estadounidense, enfrentado a unos gastos fiscales crecientes derivados de la guerra de Vietnam y del programa de bienestar social establecido por el gobierno anterior y, en consecuencia, con un déficit fiscal creciente financiando monetariamente, abandonó la convertibilidad fija dólar-oro y, por lo tanto, el patrón oro: no tenía oro suficiente para respaldar la enorme emisión de dólares requerida. Era la respuesta a una situación en la que, ante una mayor disponibilidad de dólares, los precios del oro en el mercado “negro” comenzaron a subir, y los estadounidenses y los países a comprarlo a la Reserva Federal, algunos para revenderlo en el mercado, los países para mantenerlo como reserva, dejando al banco central estadounidense casi sin oro. 

El presidente Nixon anunció el abandono de la convertibilidad de 35 dólares por onza de oro como un hecho temporal. Sin embargo, en agosto de 1972 el dólar fue devaluado oficialmente por primera vez y la cotización de la onza de oro fue fijada en 38 dólares. En agosto de 1973 fue nuevamente devaluado a 42.2 dólares la onza. En enero de 1980 el precio de la onza de oro en el mercado libre llegó a 850 dólares, en septiembre de 2010 costaba 1280 dólares, actualmente su precio es de 1419.9 dólares.

¿Qué tan viable sería regresar al patrón oro? Dada la enorme cantidad de dólares emitida desde el abandono del patrón oro, muchísimos más para evitar una segunda Gran Depresión y reducirla a la primera Gran Recesión mundial (por ejemplo, entre 2010 y 2016 la Reserva Federal emitió 85 mil millones de dólares mensuales para comprar activos financieros de cualquier tipo), y los continuos enormes déficits fiscales estadounidenses, pretender respaldar esa enorme y creciente cantidad de dólares con oro, a una tasa fija, resulta una quimera: es muy seguro que la cantidad de oro requerida no exista en el mundo, a menos que se esté pensando en una tasa absurdamente elevada.

No obstante, hace pocos días, el presidente Trump volvió a sugerir la conveniencia de volver al patrón oro, y su recientemente designada para una vacante en la dirección de la Reserva Federal parece una ardiente defensora de dicha idea y de lograr un segundo Bretton Woods que reorganice el sistema monetario internacional reestableciendo un nuevo patrón oro con tasas de cambio fijas.

¿Vale la pena? La respuesta es no. Un mundo con tasas de cambio fijas girando alrededor del dólar estadounidense no es viable ni conveniente. Trump podrá pensar que es la manera de mantener al dólar como la moneda hegemónica porque sueña con “America first”. Imposible: Estados Unidos ya no es la economía más grande del mundo, no posee los mercados más grandes del mundo, ni tiene la tecnología más avanzada en todos los campos.

Pero además al mundo no le conviene pues las fluctuaciones de la tasa de cambio son necesarias para compensar, por ejemplo, faltantes de oferta por caída de precios internacionales de los bienes exportados, como en el caso colombiano. Si la tasa de cambio fuera fija, el ajuste tendría que darse reduciendo importaciones, lo que significaría reducir el ingreso para que las personas compren menos, nada deseable, por cierto.  

* Ph.D. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

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