¿Cuáles son las razones de la movilización?

hace 13 horas
Por: Julio César Londoño

El oro y la Luna

“Este es un paso pequeño para un hombre, pero un gran salto para la humanidad”. La frase no era suya. La había diseñado un escritor a sueldo de la NASA, como se supo luego, pero igual Neil Armstrong la pronunció sin inflexiones ni vanidad. “Era casi un robot”, dice su copiloto Edwin Aldrin. “Alguien capaz de conservar la calma en medio de un terremoto, o cuando los computadores del arácnido módulo lunar se enloquecieron por una sobrecarga de datos, dispararon las alarmas y ordenaron aterrizar inmediatamente, pero el suelo estaba erizado de rocas enormes. Entonces Armstrong, el ingeniero de 39 años que obtuvo su licencia de piloto de aviones a los 16, cuando aún no tenía licencia para conducir carros, decidió volar horizontalmente siete minutos (¡un derroche de combustible suicida!) y alunizó sin instrumentos. Un minuto más y no habríamos podido despegar de regreso hasta la nave nodriza”.

Estos detalles se conocen por primera vez gracias a First Man, el libro que acaba de publicar James R. Hansen, un investigador aeronáutico que anduvo detrás de Armstrong casi 40 años rogándole que hicieran un libro sobre su vida, a lo que él astronauta solo accedió cuando se vio apurado por problemas económicos.

Durante todos estos años, Armstrong resistió el asedio de muchos escritores y periodistas que no lograron convencerlo de que su testimonio era un documento clave para la historia de los viajes espaciales. Siempre sostuvo que fue accidental que él comandara el alunizaje de Apolo XI. “Apolo X no alunizó porque se reventó un tornillo de Apolo IX”, le explicó a Time en 1970.

“Ya antes de sus misiones los astronautas son tipos raros. Luego empeoran. Nadie ha mirado impunemente ese pálido punto azul”, dice Hansen.

“La relación entre nosotros era de extraños cordiales”, dice Michael Collins. “Éramos un buen equipo en Houston o en la Luna, pero nunca nos tomamos una cerveza juntos ni nos hicimos bromas ni nos contamos intimidades”.

Pero Armstrong es una excepción. No lo mareó la fama ni el punto azul. Fue algó más serio. En 1962 los médicos le detectaron a su hija de dos años un cáncer cerebral que la mató en cuestión de semanas. Nunca volvió a ser el mismo. No lo pudo superar. Nunca quiso superarlo. Janet, su exesposa, dice que Armstrong llevó a la Luna un topito de oro de la niña. Hansen quiso confirmar el dato, pero el astronauta se ofuscó. “Por favor, James…”, dijo controlando su impaciencia, y el periodista no fue capaz de insistir y sorteó el embarazo preguntándole a qué se debe la disminución de los presupuestos aeroespaciales.

“Hay dos razones”, responde Armstrong, “la primera es que la gente le perdió interés al asunto porque no volvimos a hacer nada tan espectacular. A la NASA no le interesa poner un hombre en Marte. Las investigaciones sobre vida extraterrestre no han arrojado nada. Hemos realizado misiones mucho más difíciles, pero ninguna ha tenido esa aureola épica que rodeó a la Apolo XI. La segunda razón es que terminó el siglo de la física. El XXI es el siglo de la biología. Las investigaciones en este campo son mucho más apasionantes. Estamos a punto de ser inmortales. En el 2050, los millonarios morirán solo por accidentes, no por enfermedades ni vejez… sí, la biología es más apasionante. Además, la industria farmacéutica es mucho más lucrativa que las investigaciones aeroespaciales”.

“¿Le gustaría volver a la Luna?”, le preguntó un periodista en 1972.

“Sí”, respondió y no dijo más.

Ahora sabemos para qué quiere volver. Descendería con cautela, daría unos pasos cortos, le echaría un vistazo al punto azul, buscaría una esferita de oro que el tiempo no ha empolvado en ese mundo sin viento, escupiría una blasfemia y, claro, lloraría.

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